«Cuando alguien te pide que te presentes tienes la oportunidad de ser quien tú quieras.»

Introducción
Escribí Akeboshi hace casi 15 años para mi blog personal. Hubo un verano, por 2012 o 2013 donde aprendí a apreciar los campos que rodeaban mi pueblo. Creo que fue cuando me terminé de enamorar de él. Recuerdo el calor seco, las cigarras, la luz del sol entrando en mi habitación, la calma… Todo se veía como el sonido de una guitarra acústica acompañada de un piano. Se veía del mismo modo que suena el disco «Akeboshi», del autor homónimo.
Me gustan mucho los protagonistas de esta historia. Tanto es así, que os puedo garantizar que fuera del relato tuvieron una vida agradable, feliz y bonita. Su universo literario se encuentra fuera del canon del resto de mis historias. Dicho esto y antes de dar paso al relato, quiero dejaros un par de curiosidades más.
El nombre del pueblo, Alentis, viene de mezclar Alen (por Alen Walker, protagonista de D.Gray-Man) con Atlantis. Era el nombre de mi pueblo en Animal Crossing New Leaf.
Akeboshi se llama así por el álbum que he mencionado antes.
Las secciones de la historia son referencias musicales:
- Where the streets have no name, de U2
- Old Pine, de Ben Howard
- Under the Surface, de Dream Theater
- Morning Golden Mourning, de Ef
- From Yesterday, de Thirty Seconds to Mars
El gato que aparece, llamado Señor Vértigo, se llama así por una novela de Paul Auster.
El cuadro que encuentran en un momento dado es «La adoración de los pastores» de Gerrit van Honthorst. Realmente, este cuadro fue destruido en 2003 por un coche bomba en Florencia.
La canción que le relata Akeboshi a Ale es «Hero», de Supercell.
El momento en que abren la puerta de la iglesia con una tarjeta fue algo que nos pasó a un amigo y a mí. Solo que no fue una iglesia, sino mi casa.
La canción que canta Akeboshi en la cuarta parte, y que dice que él mismo ha traducido, es «Don’t Go Away» de Oasis.
Por el décimo aniversario escribí una suerte de segundo epílogo. Se llama «Reiteración». Quizás puedas leerlo si visitas la historia en una época concreta del año.
1. Donde las calles no tienen nombre
El sol moría con una intensidad mágica y los campos parecían estar bañados en oro. El cielo se teñía de un naranja rosado, brillante y majestuoso. El sofocante calor propio del mes de agosto se alejaba y una suave brisa se levantaba junto a las estrellas. Los campos permanecían en el mayor de los silencios, interrumpidos únicamente por el mecer de los cultivos y por las hojas de algún olivo perdido.
Ale respiró hondo mientras contemplaba el paisaje. Llevaba todo el verano acudiendo al mismo lugar a la misma hora y no se cansaba jamás del espectáculo. Adoraba ese momento de tranquilidad, adoraba la sensación de ser el único ser humano sobre la faz de la Tierra. Ese sentimiento solo podía tenerlo en las vacaciones estivales cuando iba a Alentis a pasar el verano.
Aquel era un pueblo pequeño situado en una hondonada y rodeado de campos de trigo. La única manera de entrar con el coche era a través de la carretera que venía del sur. No vivía mucha gente, algo más de cincuenta personas, aunque en verano los residentes se duplicaban. Tenía un quiosco, dos bares, una panadería y pocos comercios más. La iglesia, de arquitectura románica se situaba en el punto más al norte del municipio. Tras ella estaba el cementerio, y después tan solo el campo hasta llegar al monte que abrazaba a Alentis. Subiéndolo por la parte norte de la población, que llevaba sus buenos quince minutos, uno podía gozar de las vistas más extraordinarias que se puedan imaginar. Al oeste la altura no era tanta, así que se podía disfrutar de toda la luz que el astro rey ofrecía.
Ahí, en el punto más alto, se encontraba él. Nunca había sido de tener amigos y a sus 16 años era más bien solitario. Tenía el pelo moreno, muy liso, y se despeinaba con facilidad a la mínima brisa. No era un chico alto o corpulento. Era bajito para su edad y un poco delgado. Lo más llamativo eran sus ojos. Su ojo izquierdo era verde, mientras que el derecho tenía el iris de un color plateado muy llamativo. Parecía una alianza de boda que indicaba que Ale estaba enamorado del mundo, de su manera de verlo. Durante unos años llevó un parche en ese ojo porque le daba vergüenza llamar la atención. Pero como taparse el ojo no es que fuera muy discreto, el último año decidió prescindir del parche. Aunque la timidez continuaba caminando a su lado, se había acostumbrado a los dedos delatores, a los cuchicheos acusadores y a las miradas impasibles de sus compañeros.
«Disfrútalo… Ya estamos a medio camino de las vacaciones», pensó. Y con una sonrisa melancólica se perdía en el horizonte, se dejaba llevar y soñaba con levantarse y perderse más allá de donde alcanza la vista. En unos minutos tendría que volver a casa, a la realidad. Y le tocaría volver a esperar un día para poder vivir. En un último suspiro se levantó y se despidió del atardecer, de su rincón; de su verdadera vida.
Al dar unos pasos pudo escuchar los acordes de una guitarra española detrás de unos arbustos. El corazón empezó a latir con fuerza. Sentía que le habían pillado, que su rincón ya no era suyo. «Qué vergüenza… ¡Se va a preguntar qué hago aquí mirando el paisaje como un imbécil!» Se agachó involuntariamente y se quedó escuchando. Parecía el comienzo de una canción que conocía: Where the streets have no name, de U2. Lentamente fue acercándose. A cada paso, se incorporaba un poco más. Hasta que finalmente pudo ver de quién se trataba. Un chico con el pelo recogido en una coleta. Pelo negro como el betún, barba de tres días y unos ojos que rápidamente se clavaron en los de Ale. La música se detuvo, y ambos desearon estar lejos de ahí. Se miraron durante unos instantes que les resultaron eternos. Y aquel chico de la guitarra le sonrió sin más, y sin dejar de mirarle rompió aquel silencio.
—Hola —dijo—, ¿eres de por aquí? —Ale se quedó pasmado. Intentó responder pero no le salían las palabras. Iba a darle un infarto si no moría antes de la vergüenza— ¡Vaya! ¿Tan mal toco? —rio— Pensé que aquí no molestaría a nadie, lamento haberte asustado.
El chico dejó la guitarra en el suelo, se levantó y se acercó, con la intención de darle la mano y presentarse, pero Ale se adelantó:
—¿Cómo te llamas? —El chico, sorprendido, se quedó pensativo unos segundos.
—Akeboshi. —Respondió con una sonrisa mientras se limpiaba el trasero del pantalón.
—¿Akeboshi? —Asintió— ¿Qué clase de nombre es ese?— A Ale se le escapó media sonrisa. Escudriñaba la mirada de aquel extraño, intentando leer palabras que no pronunciaba.
—Verás. Cuando alguien te pide que te presentes tienes la oportunidad de ser quien tú quieras. Somos una página en blanco.
—Si te presentas tienes que ser como eres, no puedes fingir. ¿Cómo sé entonces si eres o no de fiar?
—Eso hago: Ser como soy. —Hubo otro silencio eterno— ¿Y tú quién eres?
—Ale.
—¡Qué cosas! Un Ale en un pueblo llamado Alentis, ¿eh?
—Si tú no me dices tu nombre real entonces yo tampoco. —Dijo en tono burlón.
—¿Por qué Ale?
—¿Por qué Akeboshi?
—Yo he preguntado primero. —Ale cedió. Se sentó en una piedra y Akeboshi con él.
—Siempre me ha gustado este pueblo. Me siento parte de él. Cuando vengo aquí, siento que soy otro —Su mirada se habiá clavado en el campanario—. La gente de clase que se mete conmigo, los profesores intransigentes, los maleducados del transporte público… Todo queda atrás. En Alentis no importa quién seas o quién hayas sido. Aquí nadie conoce cómo soy ni nadie me pregunta. Simplemente aceptan que estoy aquí y lo respetan.
—Vaya… —Akeboshi no se esperaba una respuesta tan personal. Ale a decir verdad, tampoco.
—Bueno, ¡cuéntame de dónde viene Akeboshi!
—Es japonés. —Cogió un puñado de piedras e intentó darle a la corteza de un árbol.
—¿Eres japonés?
—¿Tú me has visto a mí con pinta de japonés? —Preguntó riendo— Yo no soy japonés. Akeboshi sí.
—Pero tú eres Akeboshi… —El chico asintió con un murmullo— ¿Entonces? Quiero saber de dónde vienes tú.
—Si te digo quién soy, o de dónde vengo, entonces no seré interesante, ¿no crees? Venga, acabamos de conocernos… Si rompo el halo de misterio nunca me harás un hueco en tu memoria —Se incorporó y fue a por su guitarra—. Ahora si me disculpas, ¡debo irme! Encantado de conocerte, Ale de Alentis.
—Igualmente. —La despedida le había pillado por sorpresa.
—Nos vemos mañana, espero. —Y tal y como había aparecido, ese chico se fue.
Ale se quedó un rato ahí sentado. «¿Qué acaba de pasar?», se dijo. Su mirada se fijó en el árbol que Akeboshi había apedreado mientras hablaban. Se había presentado, había preguntado a ese chico cómo se llamaba… Ese no era él. «Espera… ¿He hecho un amigo?» Otra voz en su interior le respondió: «Eso parece». Se sentía invadido, extraño y desconocido. Ahora alguien le conocería en ese pueblo. Había entablado una amistad y ya no podía dar marcha atrás… Más importante que eso: Ya no podría disfrutar él solo de su pequeño rincón alejado del mundo. Por otro lado, tenía ganas de volver a ver a Akeboshi. Daba la sensación de ser un chico con muchísimo que contar. Y eso a él le entusiasmaba.
A duras penas consiguió ver qué hora era en su reloj de pulsera. Sin duda se había hecho tarde. Se levantó, y con los últimos rayos de sol volvió a casa, deseando con miedo que llegara mañana.
2. Un viejo pino
Eran las diez de la mañana y Ale apenas había podido dormir. El encuentro del día anterior con aquel chico le había animado. Tenía algo que le incitaba a ser su amigo, a querer estar con él, a querer escuchar todo lo que tenía que decir. Sentía que había encontrado alguien que le entendería. Por otro lado, no podía evitar darle vueltas a eso mismo: Estaba ilusionado con una persona que acababa de conocer, de la que no sabía ni su nombre, ni su edad… Nada. Y ya quería volver a verle, quería aprender de él todo cuanto pudiera.
Las calles del pueblo estaban desiertas. Caminó hacia el sur. A unos minutos andando había un riachuelo y le apetecía pasear por ahí: En todo el verano aún no se había dignado a visitar la pequeña tumba de su anterior gato. Por el camino cogió un par de flores para llevárselas al Señor Vértigo. Le supuso un duro golpe la pérdida de su mejor amigo y aunque ya habían pasado cuatro años, seguía recordándolo. Siempre le habían gustado los árboles, las estanterías… Cualquier sitio alto de la casa escondía un juguete del Señor Vértigo. Y fue esa pasión por las alturas, por querer llegar más alto, lo que terminó por truncar su corta vida. «La curiosidad al final sí que mató al gato», se lamentaba Ale.
Akeboshi escuchó un ruido tras de sí. Aún no había explorado todos los alrededores de Alentis y pensaba que los mejores momentos eran por la mañana y a última hora.El resto del día hacía demasiado calor. Se volvió, sobresaltado, y pudo observar a Ale caminando entre los árboles. Se limitó a observar. El joven llegó a un rincón muy verde, al pie de un viejo pino. En su tronco, a modo de lápida, había grabado el nombre de su mascota. Puso el ramillete debajo y, con melancolía, hundió sus dedos en la tierra. Entonces notó unos ojos clavados en el cogote.
—¿Quién eres? —preguntó volviéndose.
—Perdona —respondió Akeboshi—, no quería molestar. —Se acercó a la haya, y Ale agachó la cabeza.
—No pasa nada. Este sitio es de todos.
—Yo diría que ese sitio en concreto es tuyo. —Sonrió.
—Más bien de mi gato, el Señor Vértigo. Lo enterré aquí.
—¿Tú has cuidado esto para que esté tan verde? —Ale asintió—. Me gusta.
—Gracias. Quiero pensar que todo ocurre por un motivo, aunque no sea así. Las cosas malas, como que perdiese al Señor Vértigo, no me parece que sucedan por alguna razón positiva. Pero planté flores y arbustos aquí como una especie de metáfora. No sé… Quería que la vida surgiese de donde una vez hubo muerte. Quería… Como romper ese círculo. Aun así no encuentro el lado positivo de esta muerte —Se quedó pensativo unos instantes, mirando el tronco del árbol—. Pero dice mi padre que muchas veces estas cosas tardan en cobrar sentido.
—Estoy de acuerdo con él. —Empezaron a caminar siguiendo el río.
—Akeboshi, ¿tú crees que hay algo después de la muerte?
—Yo perdí a mi abuela cuando tenía doce años. La quería muchísimo. Y me cuesta mucho pensar que ahora simplemente no exista. Sé que está en algún lugar. Como tú mismo has dicho, todo tiene un por qué. ¿Qué sentido tendría la vida en sí, qué sentido tendríamos si después no hubiese nada? Así que sí, yo creo que después de la muerte nos espera el Cielo o el infierno.
—La vida es un asco.
—La primera vez que vi esos curiosos ojos tuyos —dijo sonriendo— pensé que estabas enamorado de este lugar tan lleno de vida.
—¿De Alentis? —preguntó Ale.
—Sí. No creo que pienses que la vida da asco.
—Bueno, yo… —Balbuceó sonrojado— ¿Y qué si lo estoy? ¿Y qué si me encanta este lugar? —Akeboshi le rodeó el cuello con el brazo mientras continuaban su paseo.
—Yo no voy a meterme contigo porque estés en deuda con este sitio. No hace falta que te pongas a la defensiva.
—Alentis es el único sitio que me gusta de verdad por lo que te dije ayer…
Akeboshi se detuvo en seco, parando a su amigo con el brazo. Sacó una pequeña cámara digital. Era de un color rojo metálico que le encantó a Ale. La encendió y tras comprobar algo en la pequeña pantalla, le hizo una foto.
—¡Menudo momento para ponerte con la cámara!
—Tío deja de quejarte tanto, ¡que pareces una niña pequeña! —Akeboshi le dio un pequeño empujón, bromeando, y Ale respondió pegándolo en el brazo—. ¡Realmente —dijo riendo— pareces una niña!
—¡Eres idiota! —El chico paró de darle golpes y empezó a caminar más rápido.
—¡Mira! ¡Ven!
—¡Déjame!
—¿No quieres saber por qué he sacado la cámara? —Ale se detuvo.
—¡No!
—¡No se te da bien mentir! —Akeboshi se acercó—. Dime, ¿para qué sirve una cámara?
—Ibas a explicarme por qué te has puesto con eso en un momento tan serio…
—Sí, y para eso necesito que me respondas.
—Pues para hacer fotos.
—Eso, —hizo una pausa pensativa— amigo mío, es una definición muy vaga. Una cámara permite capturar lo que ves.Y así puedes volver a ese momento para maravillarte una vez más. O puedes compartirlo con otros e intentar hacer que sientan lo que tú sentiste… O hacer que sientan algo totalmente distinto —Ale asintió—. ¿De qué sirve una cámara si no tiene una tarjeta de memoria o un carrete?
—De nada.
—¿De qué te sirven esos ojos si vives contemplando sin ver? —Akeboshi le clavó las pupilas, y esos ojos de los que hablaba huyeron al suelo— Empápate de Alentis y compártelo.
—¿Para qué? ¿Para que vengan aquí y me quiten mi rincón del mundo? Yo solo quiero estar tranquilo…
—No me refiero a que hables del pueblo. Me refiero a que compartas todo lo que te hace sentir, todas esas cosas buenas que este sitio te da. Úsalo el resto del año allá donde estés.
—¿De qué me servirá eso? —Preguntó Ale con la cabeza gacha.
—Pasarás de estar enamorado del pueblo a estar enamorado de verdad de la vida.
Tras las palabras de Akeboshi, continuaron paseando. Y aunque en los quince minutos posteriores reinó un gran silencio, la mente de Ale no paró de darle vueltas alo que había escuchado. ¿Realmente vivía «contemplando sin ver»? ¿Debía abrirse a los demás y compartir esos sentimientos que le brindaba su pueblo? «Quizás debería empezar con él… Compartir Alentis, enseñarle lo que esconde»,pensaba.
—Ale…
—Dime.
—Siento el empujón y haber dicho que eras como una niña.
—¿Quieres que te enseñe la cripta de la iglesia?
—¿Ahora? —Akeboshi había comprendido que para su amigo había tenido menos importancia de lo que había demostrado.
—Ahora no daría miedo —respondió entre risas—. ¡Por la noche!
—Tengo una idea. Quedemos arriba, donde ayer. Cenemos algo rápido, y cuando anochezca la vemos.
—¡Me parece genial!
Las horas parecieron días, y Ale no podía aguantar más. Quería empujar las manecillas del reloj, quería que llegara el momento. No soportaba ni un minuto más en su habitación, delante de aquellos libros intentando estudiar algo que olvidaría en pocos años. Sentía que con quien aprendía era con Akeboshi, que sus lecciones jamás las olvidaría. Que le servirían para cambiar. Hoy le habían despojado de un parche que él no alcanzaba a quitarse, que no alcanzaba a comprender que tenía. ¿Realmente alguien podía cambiar? ¿Realmente había otro Ale esperando a ser descubierto?
Hizo un par de sándwiches, cogió unos refrescos, una linterna, una chaqueta, y subió. Akeboshi ya estaba esperándole sentado en una piedra.
—¿Llevas mucho tiempo ahí?
—Quería reservar los mejores sitios para el ocaso. —Respondió con una sonrisa.
Eso era algo que más le gustaba de él. Siempre guardaba una sonrisa. Lo admiraba por eso. Entonces se dio cuenta de que no sabía absolutamente nada de aquel chico: Ni dónde vivía, ni cuál era su verdadero nombre, ni dónde estudiaba o de dónde venía. Nada. Ale sonrió y se sentó a su lado.
—Oye, ¿cuál es tu verdadero nombre? —Preguntó.
—Ya te dije que no te lo diría.
—Ya, ya. Que tenemos la oportunidad de ser quienes seamos y todo eso.
—Si ahora te digo que me llamo Fernando o Alberto, que vivo aquí o allá, entonces ya no seré alguien especial. No hará que te comas la cabeza, no hará que dentro de veinte años me recuerdes. No quiero ser un colega que te echaste un verano. Quiero ser alguien que transformó tu manera de ver el mundo, quiero dejar una bonita huella en tu vida. Y me parece un toque muy romántico, en el sentido estricto de la palabra. Sobre de dónde vengo, o dónde estudio o he estudiado, supongo que también tendrás dudas —Ale asintió con la cabeza—. Somos quienes somos por quiénes hemos sido. Eso es todo lo que deberíamos tener en cuenta del pasado de la gente. Que sea cual sea su historia, ha hecho de la persona que tienes delante ser quien es.
Ale comprendía lo que quería decirle su amigo, y estaba de acuerdo. Estaba floreciendo una amistad especial, una amistad que estaba marcando su alma y que seguro recordaría con el paso de los años. «Qué chico tan honesto», pensaba. Era como si no llevara ninguna máscara para protegerse de los demás. «No… Él no la necesita. Él no teme las críticas como yo, no teme a los demás».
—¿Tampoco sabré dónde vives ahora en Alentis? —Akeboshi negó con la cabeza—. ¿Por qué?
—No es el sitio al que quiero que vayas a buscarme ni donde yo quiero vivir.
—¿Entonces dónde quieres que vaya a buscarte? —Se limitó a responderlo con una sonrisa.
—¿Cenamos?
3. Bajo la superficie
La noche había llegado, y con ella, los nervios. Las ganas de explorar, de colarse en la cripta y de ir en busca del misterio, se juntaban con una llamarada de vida que ardía con fuerza en las almas de los dos jóvenes. ¿Y si aparecía un fantasma? ¿Y si les pillaba alguien del reino de los vivos? Sea como fuere, hoy iba a ser una de esas noches irrepetibles que perduran en la memoria año tras año.
Ale estuvo un buen rato contemplando las estrellas y enseñándole a Akeboshi todas las constelaciones que conocía y se podían ver en verano. Le habría gustado mostrarle Orión, y hablar sobre muchos de los misterios que la envolvían, pero esa era una historia que reservaría para más adelante: Cuando quedasen en invierno.
Poco a poco la temática paranormal fue surgiendo entre los muchachos, y cada ruido en las sombras se tornaba en una amenaza mortal y desconocida. El miedo no podía hacer sombra al entusiasmo, y no podía con la sensación de seguridad que se daban mutuamente. Bajaron el monte hasta la cerca del camposanto y armados de valor, lo atravesaron. Sin prisa pero sin pausa. Estaban esperando algún fantasma y las leyendas en Alentis no escaseaban.
Llegaron finalmente a la portezuela trasera de la iglesia. El corazón les latía con una intensidad casi mágica. Ale estaba dispuesto a sorprender a Akeboshi. Él era el que se conocía Alentis. Era el que tenía que guiar la expedición, y quería demostrar que no temía nada. Agarró la aldaba de hierro y empujó.
—Cerrada… —dijo desanimado.
—¿Y si tiras? —Ale probó. No hubo suerte.
—¡También nosotros somos idiotas! ¿Cómo iban a dejar abierta la iglesia? —Akeboshi rió.
—Bueno pequeñajo, que tampoco es el fin del mundo. Parece que la puerta se abre desde dentro. Con suerte no tiene echado el cerrojo y puedo abrirla.
—¿Cómo? —preguntó Ale.
—Con una tarjeta. —Tal y como lo proponía, sonaba realmente convincente— Alúmbrame.
Akeboshi abrió su cartera. A Ale se le pasó por la mente echar un vistazo y ver si conseguía leer su verdadero nombre. Descartó la idea en el acto, pues no quería que su amistad perdiese la magia. Tras unos diez minutos intentándolo, la puerta cedió. La iglesia les había dejado pasar, poniendo a su disposición todos los secretos y misterios que albergaba.
Ale tragó saliva y entró decidido. Estaban en un salón, con una mesa de comedor en el centro que tendría unos cinco metros de largo. Las imágenes de la Virgen y los santos proyectaban sombras siniestras, como si sacasen a relucir un lado diabólico.
—Ale, ¿tú crees en Dios?
—Sí. Bueno, no es que sea de rezar pero algo tiene que haber ahí arriba.
—Entonces deja de temblar, que estamos en una iglesia. —Ale le dio en el brazo.
—¿Y tú? ¿Crees en Dios?
—Claro. ¿En qué cabeza cabe que todo lo que existe haya surgido de la nada y producto del azar? Es como defender que algún cuadro importante como “Las Meninas” se hubiese pintado al caer unas gotas de pintura que nadie tiró en una tela que nadie puso ahí.
—Somos demasiado idiotas como para poder comprenderlo todo. Pero quizás Dios nazca de ese desconocimiento y nada más.—El debate teológico siguió su curso mientras buscaban la entrada de la cripta.
—Ale, creo que es aquí.
Se encontraban ante una pequeña puerta de barrotes metálicos, de un metro veinte de altura. Daba directamente a unas escaleras de piedra con un techo arqueado que se desvanecían en una oscuridad total. Dicha lobreguez desprendía un ambiente húmedo y frío. Akeboshi notó una presión en su brazo derecho. Se giró y no pudo evitar esbozar una sonrisa al ver que su amigo se escondía detrás de él. Sin darse cuenta, Ale había buscado su protección. Y por lo poco que sabía de él, deducía que eso indicaba que en solo dos días había logrado ganarse su confianza y admiración. Tras la sonrisa le invadió una tristeza inmensa, pues sabía cómo acabaría aquello.
—Tú primero Ake.
Descendieron poco a poco, sumergiéndose en las tinieblas de aquel lugar. Las columnas románicas, así como las bóvedas, parecían multiplicarse hasta el infinito. Ale no pudo evitar preguntarse qué hacía ahí. Estaba asustado por los ruidos lejanos que fluían por toda la estancia. Más que eso. Estaba asustado porque sentía que algo malo iba a surgir de repente de aquel vacío. Y por si los seres fantasmagóricos fueran poco, también estaban los vivos. «Como alguien nos vea aquí se nos cae el pelo seguro», pensaba.
Siguieron avanzando bordeando la estancia para evitar perderse, hasta que llegaron a un pequeño altar lleno de telarañas. Había un cuadro que representaba la adoración de los pastores al niño Jesús en el pesebre. El pequeño descansaba en una cuna improvisada bajo la atenta mirada de su madre y le envolvía una luz brillante, cegadora. Tres pastores hablaban entre ellos, asombrados y con la dicha en sus rostros.
—Qué curioso. Este cuadro es mucho más moderno que la cripta.
—Será —dijo Ale con voz temblorosa— que han estado usando este lugar hasta hace poco. —Akeboshi se giró y le miró.
—¿Quieres que nos vayamos? —Preguntó.
—¿Irnos? ¿Por qué?
—Porque estás acongojado.
—Mentira. —Dijo apartando la mirada.
—Siempre que mientes desvías la mirada al suelo. —Ambos chicos estuvieron en silencio durante unos segundos. Un extraño crujido se escuchó en la parte izquierda— ¿Nos vamos?
—Sí por favor.
Una vez fuera, Ale suspiró con alivio y se sentó en las escaleras frontales de la iglesia. Akeboshi se puso a su lado sin decir nada. La noche se había vuelto más fría pero todo el miedo se había quedado atrás.
—Pues nada… Y yo que te quería enseñar la cripta y demostrar que era valiente…
—No tenías que demostrar nada. No te deprimas por eso Ale.
—Para ti es fácil decirlo… Tú eres valiente y más grande que yo. Puedes defenderte fácilmente…
—Pero no todo en esta vida es defenderse a puñetazos ni imponerse por la fuerza a los demás. Eres como eres Ale, acéptalo.
—Ya, claro. —Suspiró.
—¿Sabes qué vas a conseguir fingiendo ser alguien que no eres? Atraer a la gente equivocada. Hacer que las personas que estén cerca de ti, y me refiero a amistades, lo estén no por cómo eres sino por cómo aparentas ser. ¿Y el día que descubran que les mientes qué crees que pasará? —Hubo un breve silencio.
—Lo de siempre, supongo. Que se meterán conmigo. Como hace todo el mundo. —Ale agachó la cabeza.
—Yo no me meto contigo. Bueno alguna vez, pero no en serio.
—Ya lo sé…
—¿Has fingido conmigo ser quien no eres?
—No. De haberlo hecho, habría sido injusto pedirte que tú no fingieses cuando nos conocimos. —Miró al cielo pensando— Aunque bueno, quise demostrarte que soy valiente cuando no lo soy…
—A mí me parece que eres un chico con muchísimo coraje. Es más valiente el que se muestra tal y como es que el que se atreve a adentrarse en una cripta oscura y tétrica. —dijo Akeboshi con esa sonrisa tan característica, tan contagiosa— Mejor solo que mal acompañado. Pero tú no estás solo, me tienes a mí.
—Sí. Nos conocemos desde hace poco y ya somos grandes amigos. Espero que siempre lo seamos. —Akeboshi apartó la mirada durante un instante.
—Siempre te tendré cariño Ale. Eres un chico fantástico, y creo que harás mucho bien en tu vida. —Su amigo se sonrojó ante este comentario.
—No sabré nunca nada de ti, ¿verdad? De dónde vienes, o dónde vives. Sé que me has dicho varias veces que no me lo dirás pero… Me puede.
—¿Realmente quieres que te lo diga?
La manera en que lo había preguntado había dejado claro que iba en serio. Ale se percató de que si decía que sí, Akeboshi le revelaría su nombre y dónde vivía. Sabría de dónde venía, qué había hecho con su vida. No se esperaba para nada que fuese a acceder, y se planteó si realmente quería saberlo. «Es como un truco de magia», se dijo.
Para él, Akeboshi se había convertido en el amigo perfecto. Más que eso: Era como un hermano mayor. Nunca había sentido algo así con nadie. Esa sensación de conocerse de siempre, de tranquilidad, de seguridad. Seguro que Akeboshi tenía defectos, seguro que había cometido errores en el pasado al igual que él. Pero a diferencia de Ale, él respetaba su pasado y su anonimato.
—¿Me prometes que siempre estarás en mi vida?
—Te lo prometo. Siempre estaré contigo, y tú siempre estarás en mi vida.
El tiempo siguió avanzando con los dos chicos sentados en las escaleras de la iglesia, charlando. Aquella noche descubrieron que escuchaban la misma música, aunque Akeboshi tenía muchísima más cultura en ese ámbito. De hecho, era todo un experto en rock y sus variantes aunque no se había quedado estancado en ese género como sí lo estaba Ale. Había decidido explorar otros estilos, otros ritmos. Y había descubierto piezas maravillosas.
Akeboshi no dudó en prestar su reproductor de música para que su amigo le echara un vistazo. Las horas siguieron pasando entre melodías, y Ale no paraba de empaparse con el momento. «Carpe diem», porque sabía que esa noche sería única e irrepetible y no quería olvidarla por nada del mundo.
—Esta música me recuerda al Parque del Capricho de Madrid. —Akeboshi echó un vistazo al reproductor para ver a qué estilo se refería Ale.
—Es Post Rock. A mí también me transporta. ¿Sueles ir a ese parque?
—Solo en primavera. Algunos sábados por la mañana.
—Tendré que probar a pasear por ahí con esta música. Aunque nunca he estado.
—¿No? ¡Pues seguro que te parece un sitio precioso!
—¡Mírate! ¡Y yo que pensaba que Alentis era tu único rinconcito! —Ale sonrió.
—Bueno… Lo cierto es que nunca lo había mirado así… Solo como un sitio al que ir para despejarme.
—Me alegra que empieces a darte cuenta de que la vida no es tan mala como la pintas.
—Supongo que estoy empezando a mirar.
4. Luto dorado de la mañana
La noche anterior se había alargado hasta altas horas de la madrugada. La calma del pueblo, la música de Akeboshi y el despertar de un Ale menos introvertido habían sido los ingredientes de un recuerdo que se había grabado a fuego en las almas de los dos jóvenes.
La tranquilidad volvía a ser la protagonista a la mañana siguiente. Akeboshi no había podido pegar ojo. Se había despedido de Ale en las escaleras de la iglesia y se perdió entre las callejuelas de Alentis, por donde había vagado durante unas horas con la única compañía de la música. Un sinfín de sentimientos chocaban en su corazón, pues era consciente de que la despedida estaba muy cerca.
Cogió su guitarra y subió monte arriba y esperó entre lágrimas a que surgiese el Sol. No quería que Ale sufriera más de la cuenta, no quería que supiese que él nunca más podría volver a Alentis. Había visto en aquel chico un reflejo de lo que él había sido, y sabía qué era estar solo. Conocía esa sensación de abandono y ese dolor. Se había convertido en un ídolo para Ale, en algo más que un amigo. Su corazón lo había adoptado como a un hermano mayor. Le era tan doloroso despedirse… Le era tan doloroso saber que posiblemente jamás volverían a verse…
Sabía que Ale no lo comprendería, que le pediría su teléfono, o su dirección. Y con todo el dolor de su corazón lo único que podía hacer era dejarlo marchar, porque era la única manera que conocía de permanecer inmutable en el corazón de otra persona. Así el tiempo pasaría, y el cariño que había florecido en Ale jamás podría mancharse. Estaba seguro de que sucedería así porque había visto en ese chico un reflejo de él mismo: Los mismos miedos que tenía él, las mismas ilusiones, el mismo amor por la vida… «No… Él no me olvidará. No podrá, de la misma manera que yo no podré olvidarle a él», se dijo.
Con los primeros esbozos del alba, y mirando al horizonte cogió su guitarra. Llorando, empezó a tocar una de sus canciones favoritas. «No te vayas… Di lo que quieras, pero di que te quedas para siempre y un día en el tiempo de mi vida. Porque necesito tiempo, más tiempo para hacer las cosas bien…»
—¿Ake, estás bien? —Akeboshi se asustó y se secó rápidamente las lágrimas.
—¡Ale! ¿Qué haces tan pronto? —preguntó sorprendido.
—No podía dormirme y decidí subir a ver el amanecer. —Su amigo sonrió, todavía con los ojos llorosos— No me has dicho qué te pasa… —Se sentó frente a él.
—Nada… Que me acuerdo de gente. Gente que no he vuelto a ver. Y me emociono con esta canción.
—¿De quién? —Akeboshi no dijo nada. De responder, mentiría a Ale y jamás se lo perdonaría.
—¿Conocías la canción que estaba tocando?
—Pues… —No, a decir verdad. —respondió avergonzado. Akeboshi le despeinó amistosamente.
—¡No te sonrojes si no conoces una canción! Se llama Don’t go away.
—La letra parece preciosa.
—Lo es… Aunque es en inglés realmente. Yo la adapté.
—Pues te ha quedado genial, ¡tienes alma de músico! —Akeboshi sonrió.
—¡No me importaría ser músico! —Ale le devolvió la sonrisa.
—Yo no sé qué quiero ser, a decir verdad. Pero bueno, aún tengo tiempo para decidirme.
—No te preocupes por eso tío. Ya te llegará el elegir. ¿Quieres escuchar más de la canción? —Ale asintió.
—¿Puedo grabarte con mi móvil? ¡Seguro que querré escucharla más veces!
—¡Claro!
Akeboshi comenzó a tocar y cerró los ojos. Tras unos segundos, empezó a desahogarse mientras se contenía las lágrimas. Su amigo no era consciente, pero para él eso era el adiós, la despedida. «¡Maldita mi educación! No encuentro las palabras para expresar lo que siente mi corazón», decía la canción. Y él no podía sentirse más identificado. La tristeza de saber que no volvería era insoportable, pero se iba contento porque había ayudado a alguien, porque había cambiado la rutina de alguien y su forma de ver el mundo. Esperaba de todo corazón que ese chico pudiese ser siempre feliz, porque había visto en su interior y realmente era bueno. «Ojalá te des cuenta Ale… Ojalá te des cuenta de la persona tan genial que eres», pensó. Y tras unos últimos acordes, acabó la canción.
—Akeboshi… ¿Por quién lloras? ¿Te acuerdas de alguna novia?
—No. Es por un hermano.
—¿Murió? —preguntó tímidamente.
—No, nada de eso. No te preocupes, no es grave. Es solo que a veces el mundo se hace demasiado grande. —Akeboshi sonrió de nuevo, y eso a Ale le encantaba. Siempre tenía otra sonrisa.
—Pensé que era por alguna novia, y ya te iba a pegar.
—¿Por?
—¡Yo nunca he tenido novia! Así que eso es más triste que el tenerla y que sea idiota.
—¡Yo tampoco he tenido novia! —Ale se sorprendió y le miró con expresión de sospecha.
—No me lo creo… ¿Eres marica?
—¿Pero qué…? ¡No! —responió Akeboshi mientras le daba un pequeño empujón— Simplemente… no quiero. Estoy bien así.
—Yo creo que tendré una novia guay —dijo con un brillo en los ojos—, ¡y que me casaré con ella!
El sol había salido por completo, bañando todo el paisaje con ese cálido tono dorado propio de los campos castizos que tantas almas de artistas había estremecido. Ale le pidió que tocara una vez más Where the streets have no name para que pudiese grabarla también con su teléfono, y cuando acabó de interpretarla, le aplaudió sonriendo. «¡Me encanta cómo tocas!», le dijo. Y Akeboshi deseó poder grabar esa frase.
Pasaron el resto del día juntos. Fueron a unas antiguas ruinas que había cerca del lugar donde se conocieron, después se bañaron en el río y volvieron a visitar la tumba del Señor Vértigo. Aquella fue la primera vez que Ale fue a visitar a su mascota sin un vacío en el pecho. Se acercó la hora de la comida, pero ninguno quiso irse a casa, por lo que buscaron un sitio cerca de la orilla donde tumbarse a la sombra. Y Ale estaba rebosante de alegría, por compartir todos esos rincones tan suyos con otra persona. Acabaron durmiéndose, y cuando se despertaron ya eran las seis de la tarde. Aunque el hambre les podía, siguieron ahí. Akeboshi empezó a tocar notas sueltas con la guitarra mientras pensaba.
—¿Sabes? —dijo— Lo que dijiste de que conocerías a una chica genial y te casarías con ella me ha recordado una canción.
—¿Me la cantarás?
—No sé cantarla. Pero recuerdo una frase. La canción trata sobre un chico bastante tímido, y con la autoestima muy baja pero muy romántico. El chico tiene un flechazo, pero intenta quitarse la idea de la cabeza porque todo el mundo le dice que esas cosas de conocer a la chica perfecta y que el amor sea correspondido no ocurre nunca. —Ale le miraba con atención.— Un día, las amigas de la chica se dan cuenta de que él la está mirando y empiezan a cuchichear y a decirle que deje de mirarles. “¡Aléjate, perdedor!”, decían. En ese momento, la chica que a él le gustaba saltó a defenderle diciendo que ella le conocía. Le preguntó si unos dibujos que había hecho en su pupitre eran suyos. Él asintió, pensando que sería ridiculizado otra vez pero, ¿sabes qué dijo entonces la muchacha? Que le encantaban ese tipo de cosas. Así se conocieron, y al final de la canción acaban juntos. Ahí es cuando se dice la frase que siempre recuerdo.
—¿Y qué frase es? —preguntó atentamente.
—“El chico te conoció y encontró el significado de su vida, convirtiéndose en el caballero que te protegerá. Algún día, la mano izquierda de él y la derecha de ella se sostendrán para jamás soltarse.”
—Ale sonrió.
—¡Es muy bonita esa historia! Aunque has dicho dos frases, no una. —le regaló una sonrisa picaresca.
—¡No me seas tiquismiquis! —El móvil de Akeboshi vibró. Alguien le estaba llamando— Me tengo que ir Ale. —Le abrazó conteniéndose con todas sus fuerzas, pero no pudo evitar que su amigo comprendiese lo que sucedía.
—¿Volveremos a vernos? —preguntó llorando.
—Espero que sí, te lo digo de corazón. Eres un tío cojonudo. —No pudo evitar estallar en un amargo llanto— No dejes que la gente te cambie Ale, no dejes que nadie te hunda jamás porque eres la persona más genial que he conocido. Que nada te cambie tu forma de ver el mundo porque solo así podrás convertirte en el caballero de una hermosa chica.
—Lo de que eres genial tengo que decirlo yo, no me robes las frases… Eres tú el que en tres días ha cambiado mi forma de ver el mundo…
—Yo no cambié nada. Solo te quité la venda que te habías puesto. —Cogió su guitarra— Cuídate, ¿vale? Y no me olvides…
—No lo haré. —Akeboshi avanzó unos pocos metros. Ale no se movió: Estaba quieto como una estatua, con los ojos envueltos en lágrimas.
—Una cosa más… Lamento no haberte dicho que me iba hoy.
—Sabías que entonces no habría sido un día tan especial. —Akeboshi no dijo nada— Solo regálame otra vez una de tus sonrisas. —Así lo hizo— Adiós, Akeboshi.
—Nunca le digas adiós a alguien que esperas volver a ver. Hasta luego, Ale de Alentis.
—Hasta luego, Akeboshi.
Y como había venido, se fue. Ale se sentó y lloró amargamente. Por fin había tenido un amigo de verdad, un herman y solo habían coincidido tres días. Le parecía injusto. Escuchó las canciones que había grabado hasta que se quedó sin batería. Se preguntó si de la partida de Akeboshi podía sacar algo positivo. Sabía que el conocerle había sido una buena experiencia para él, porque había comprendido que no tenía que huir de los demás, ni recluirse en rincones bonitos, ni fingir ser algo que no era. Pero perderle… Eso era distinto. «Quizás… No. Seguro… Seguro que el año que viene volveré a verle. Que coincidiremos otra vez en el monte, y podré demostrarle lo que he cambiado», se decía para animarse.
Pasó todo el verano con la esperanza de que lo vería de nuevo. Pero ese verano no volvió. Pasó todo el curso pensando en que volvería a verlo al año siguiente. Pero al verano siguiente no volvió. Pasó otro curso pensando en que entonces, volvería a verlo dos años después de su partida. Pero un verano más, no volvió.
Con el paso del tiempo perdió las esperanzas de volver a verle, pero nunca pudo olvidarse de él. Cada año que pasaba, lo vivió esperando su regreso y esforzándose por ser quien era realmente. Sin vendas, sin mentiras. Pero jamás comprendió por qué Dios no le permitió volver a verle.
5. De ayer
Ale paseaba de la mano de su mujer mientras empujaban con la otra el carrito de sus mellizos. Aquel parque fue donde se prometieron cuatro años atrás. Quince habían pasado desde el verano en que conoció a Akeboshi. Los árboles estaban preciosos en mayo, con distintos tonos de verde adornados por las pinceladas vivas de las flores.
—¿Fue este el banco en el que estábamos sentados? —preguntó en tono burlesco a su mujer.
—No te hagas el tonto conmigo —dijo sonriendo—, que sé que te acuerdas. —Su marido soltó una carcajada que se vio superada por el tono de llamada de su teléfono— Perdona cariño, es del trabajo.
Su esposa se alejó unos metros. Parecía una llamada importante, pues siguió alejándose sin darse cuenta, y eso solo le pasaba cuando tenían toda su atención. Ale suspiró satisfecho y miró a sus hijos. El chico tenía los ojos verdes, y su hija los ojos plateados. Le dio un beso en la frente a cada uno.
En ese instante, justo cuando levantó la mirada, el corazón le dio un vuelco: Estaba escuchando unos acordes que nunca había podido olvidar. La música venía de más allá de unos arbustos que había detrás de su banco. Cogió el carrito y los bordeó con el pecho a punto de estallarle. Sin duda era el principio de Where the streets have no name.
Y ahí estaba él. Con la misma guitarra, el mismo pelo y la misma sonrisa. En ese momento, Ale comprendió que su padre tenía razón: Todo sucedía por algún motivo. Si no le hubiesen avergonzado en el colegio, nunca habría buscado refugio en la cima del monte de Alentis; y de no haberlo hecho, no habría conocido jamás a Akeboshi. También comprendió que si el Señor Vértigo no hubiese muerto, nunca habría podido visitar la tumba donde tuvo una de las conversaciones más importantes con aquel chico, en la que le dijo que empezase a mirar el mundo. Si todas las cosas hubiesen sucedido como él esperaba entonces, ahora no estaría empujando el carrito de sus hijos.
Akeboshi levantó la mirada, miró a Ale con los niños y sin dejar de tocar, le dedicó un guiño y una última sonrisa. La sonrisa más sincera que había dibujado. Ale correspondió. Ninguno quiso acercarse, ninguno quiso manchar los recuerdos de aquellos días, pues les bastaba con saber que el uno aún se acordaba con cariño del otro.
—¡Aquí estás, amor mío! —Era la mujer de Ale— ¿Qué te pasa? Parece que te has quedado de piedra. —Dijo al ver que su esposo no reaccionaba.
—Que esa canción en concreto me cambió la vida.
