«La gente teme a la oscuridad del Espacio. ¡Ingenuos! Yo en su lugar temería la oscuridad del Tiempo.»

Hacía muchísimo tiempo que la decadente población de Larden había dejado de ser un lugar amigable. Cualquiera que no hubiera nacido ahí y se hubiera acostumbrado desde pequeño a la horripilante atmósfera que la asolaba, tardaba poco en marcharse. Los días eran fríos y oscuros, y casi parecía que el sol no se atrevía a salir la mayor parte del año en aquel terrible lugar. Era mucha la gente de los condados vecinos que jamás había oído hablar de la localidad, y es que los habitantes de Larden procuraban por todos los medios pasar desapercibidos. No es que tuvieran costumbres ancestrales extrañas y blasfemas, como muchos ávidos lectores podrían atribuir a pueblos de índole similar situados en otros estados, como Massachusetts o Maine. El caso de Larden era bien diferente, y aunque la mayoría de su economía estaba basada en la pesca, existía otra clase de actividad que ayudaba a los vecinos de Larden a seguir adelante: La Institución Mental del Doctor Dresden.
Ese desconocimiento local por el pueblo quedaba contrarrestado por su fama entre los psiquiatras de renombre nacional. El asilo del Doctor Dresden albergaba a decenas de pacientes, que iban desde personas que sufrían trastornos mentales de poca gravedad a enfermos que resultaban un peligro tanto para ellos mismos como para la sociedad. Entre sus muros habitaban peligrosos asesinos mezclados con pobres diablos, cuyos huesos habían ido a parar a aquel funesto lugar por unas familias que no querían manchar su apellido.
Larden se situaba en la zona norte del estado de Alaska, a unos cincuenta kilómetros al este de Barrow y muy cerca del lago Teshekpuk. Los pocos visitantes que llegaban anualmente al pueblo eran recibidos por un cartel de madera con la pintura desconchada donde a duras penas todavía podía leerse: «Larden. Donde termina la tierra». Su curioso lema se remontaba al siglo XVII, cuando la localidad fue fundada. Entonces, los colonos que ahí se asentaron concluyeron, muy acertadamente, que no podía existir nada más que agua al norte. El pueblo contaba con apenas doscientos habitantes, o eso indicaba un registro civil desactualizado donde, por desgracia, no se hacía hincapié en la altísima tasa de suicidios anual que asolaba Larden desde hacía años. Muchos conjeturaban que las muertes se debían al frío; otros creían, erróneamente, que se delimitaban únicamente al hospital mental. Por último, quizás los más acertados, lo achacaban al extraño ambiente que se respiraba, donde toda la alegría del mundo, incluidos los colores, quedaba excluida.
En enero de 1967, y coincidiendo con el centenario de su fundación, el asilo de Larden abrió sus puertas para darle la bienvenida al eminente profesor de la Universidad de Anchorage, Laurence Evans. El doctor Philip Steelman, antiguo compañero de universidad del señor Evans, tan acostumbrado como estaba a los gritos de los distintos pacientes, apenas pudo disimular una mueca de horror al verlo entrar por la puerta entre alaridos, espasmos y desconcertantes risotadas. Philip Steelman era psiquiatra y neurocirujano desde hacía treinta años, y conocía lo suficiente al profesor Laurence Evans como para saber que su ingreso en aquel lugar era algo demasiado extraño. La imagen de su viejo amigo siendo empujado sobre una camilla y atado de pies y manos hizo que enseguida se interesase por su caso. Si algo podía asegurar con absoluta certeza, era que la mente de Laurence Evans era la más prodigiosa de la Universidad de Anchorage. Sus estudios sobre física cuántica tenían una fama muy merecida. En cuanto a Philip, se acercó con paso despreocupado a la enfermera que había tras el mostrador de recepción y le preguntó:
—¿Qué sabes de él?
—¿De ese? —Dijo la mujer con desidia— Una crisis nerviosa o algo así. Al parecer se lo han encontrado deambulando por la playa, cerca de aquí. Le han visto en el hospital y han solicitado que se quede ingresado con nosotros. Al menos, por el momento.
Ambos observaron cómo la camilla se perdía tras una esquina bajo las parpadeantes luces del frío pasillo. Las baldosas grises, así como las paredes antaño blancas, permanecían impávidas ante la desgracia: Justo como la mayoría de profesionales, se habían acostumbrado. Los alaridos y carcajadas se mezclaron con palabras incomprensibles al tiempo que Steelman se volvía hacia la enfermera buscando una mirada de complicidad, pero para ella, aquello seguía siendo el día a día. Finalmente, y tratando de recuperar la compostura, echó un vistazo rápido a la ficha de Laurence Evans antes de irse disimuladamente. El doctor asignado era Roger Porter, que le había suministrado una cantidad de benzodiacepinas tan elevada que impediría a Laurence mantener la consciencia durante varias horas. Sin embargo, hasta que las drogas surtiesen todo su efecto, habría un breve lapso de tiempo en el que podría conseguir hablar con él. Disimuladamente, Philip Steelman se fue por el mismo pasillo que el paciente. Quería estar presente cuando Laurence Evans dejase entrever algo de calma.
Los pasos del doctor Steelman retumbaban por cada esquina del complejo. Las celdas desfilaban a los lados, conteniendo todas ellas historias trágicas, terribles y, en ocasiones, innombrables. No fue difícil seguir el rastro del profesor Evans, ya que sus gritos ahogaban los de otros pacientes en el intrincado laberinto de habitaciones que era la Institución Mental del Doctor Dresden. Un sonido metálico vaticinó que Laurence había llegado a su destino. Philip Steelman aminoró la marcha, pues no quería que los celadores le vieran merodeando cerca del paciente de otro médico, y dado que él tenía la llave maestra de las celdas, no precisaba de su ayuda. Giró nuevamente en uno de los pasillos y, una vez ubicó la habitación de su amigo, esperó disimuladamente a que se quedase solo.
La medicación tardó un rato en surtir efecto. Fue cuando los gritos empezaron a ahogarse en la garganta de Laurence Evans, que Philip Steelman decidió avanzar cautelosamente hasta el pequeño habitáculo donde se encontraba el profesor, amordazado por su propia seguridad. El doctor se quedó a un lado del umbral, todavía en el pasillo, esperando a que su amigo no emitiese más que un leve quejido. Sabía que sería entonces cuando podría entrar, y así lo hizo. Las paredes acolchadas, de un color sepia apagado, casi gris, habían sido testigo de historias terribles, casi inenarrables, pero ninguna tan oscura y extraña como la que estaba a punto de relatarse. Restos de sangre seca y otros fluidos todavía podían vislumbrarse a cada rincón de la habitación como cicatrices de quienes ahí padecieron.
Laurence mostraba claros signos de haber estado perdido durante días, tal y como esgrimía su ficha. Sus zapatos, que en algún momento habían sido de un negro reluciente, ahora parecían apagados, y estaban llenos de arañazos y raspones. Sus pantalones, también negros estaban llenos de arena y suciedad, incluso parecía que el profesor, en algún momento, se orinó encima. Su camisa estaba desabrochada hasta la mitad, le faltaba un gemelo y, de nuevo, restos de arena podían verse aquí y allá. Le faltaban botones, y ninguno de los que restaban, estaba abrochado a la altura del pecho. Laurence llevaba días sin peinarse ni afeitarse y, del mismo modo que ocurría con su ropa, su pelo estaba lleno de arena y enmarañado. Apestaba a orina, heces, y algo ácido y repugnante que Philip Steelman no había olido jamás. En sus ojos todavía podía verse un semblante de horror que las benzodiazepinas habían sido incapaces de apaciguar. El doctor contuvo la respiración unos segundos. Por experiencia sabía que, cuando una mirada así lograba permanecer después de un chute tan potente, era por un trauma psicológico muy fuerte. Lo había visto en veteranos de la Segunda Guerra Mundial y, en menor medida, de la Guerra de Corea.
—Laurence —dijo en un tono tranquilo—, soy Philip Steelman. ¿Te acuerdas de mí?
Los ojos perdidos del profesor se centraron en el doctor. Una pequeña chispa de cordura pareció encenderse. Laurence intentaba aferrarse, sin saberlo, a algo cotidiano que lo alejase de lo que había vivido. Así, y sin mediar palabra, asintió con la cabeza.
—¿Sabes dónde estás? —Laurence negó con la cabeza— En el sanatorio del Doctor Dresden, en Larden.
—Conozco ese sitio. —Dijo esta vez. Philip sonrió.
—Te han encontrado en una playa muy cerca de aquí, desorientado. Diciendo cosas. Dime, Laurence: ¿Qué te ha pasado? ¿Has tomado algún tipo de sustancia narcótica? ¿Recuerdas algo de lo sucedido?
— Ese es el problema —contestó con los ojos clavados en el techo—. Lo recuerdo absolutamente todo.
Philip lo miró intrigado. Entonces, el profesor se incorporó a duras penas para acercarse a él y susurró:
—Lo he visto.
—Déjame ayudarte, viejo amigo —insistió el doctor Steelman con un tono ligeramente condescendiente—. Cuéntame: ¿Qué fue lo que viste? ¿Qué te ha traído aquí?
—El futuro.
—¿El futuro te ha traído aquí? —Laurence Evans negó con la cabeza.
—Es lo que he visto. El futuro.
—¿Y cómo era?
—Horrible. Aterrador… Era… Inhumano y monstruoso.
La mente de Philip Steelman divagó rápidamente por un caleidoscopio de ideas extravagantes acerca de cómo podía ser ese futuro tan horripilante que parecía haber robado la cordura del profesor Laurence Evans.
—¿Dónde lo viste?
—¡Donde termina la tierra! —Contestó tras una breve pausa.
Sin duda tenía que referirse a Larden. El doctor Steelman se mantenía expectante, como un niño al que le cuentan un cuento de terror alrededor de una fogata. Sus ojos parecían reflejar unas llamas chisporroteando. Sus puños se cerraron con fuerza al tiempo que se sentaba en la camilla. Pronto floreció una necesidad inconsciente por morderse el labio inferior. El doctor se relamía ante lo que él anteponía que sería un relato donde habría que desgranar la realidad de la ficción: Lo real de lo imaginario, de lo elucubrado por una mente maravillosa y resquebrajada.
—La gente teme a la oscuridad del espacio. ¡Ingenuos! —gritó Laurence Evans— ¡Yo en su lugar temería la oscuridad del tiempo! ¡Pues desconocemos que somos tan insignificantes como un átomo! ¡Desconocen lo que habitó el universo eones atrás y ni siquiera se plantean qué clase de monstruosidades lo habitarán en los milenios venideros!
—Mi querido amigo… Ninguno de nosotros estaremos para verlo —dijo tratando de calmarlo con una sonrisa complaciente—. Quizás, Dios en su Misericordia nos haya dejado vivir en un tiempo donde ninguno de esos horrores existe. Además, como bien sabes, porque conoces las teorías y leyes de la física mejor que yo, solo existe el presente.
—¡Pero lo hacen! ¡Existen! ¡Desde siempre! —Laurence Evans se incorporó y se quedó a un palmo de la cara de su amigo. — ¿O acaso a nosotros la gravedad nos impidió volar? Es lo mismo, exactamente lo mismo, ¡pero a una escala inconmensurable! El hombre siempre ha buscado dominar todo lo que le rodea, pues Dios nos dio la tierra para que la sometiéramos a nuestra voluntad. Ellos han ido más allá: ¡Han sometido la Creación! ¡El Tiempo y otras dimensiones que no podemos ni imaginar están a su alcance!
—¿A dónde quieres llegar, Laurence?
—Te acuerdas, ¿verdad? Cuando leíamos a Julio Verne, a H. G. Wells… Y soñábamos, como todos, con visitar el lecho del Océano , el centro de la Tierra… Y esperábamos que los marcianos no nos atacasen nunca. ¿No pensamos acaso que el hombre conquistará el espacio y, por tanto, el tiempo, llegado el momento? —Philip Steelman asintió sin demasiado ímpetu, temeroso de lo que estaba a punto de escuchar— Durante décadas hemos sufrido ante las hipotéticas amenazas que habitan bajo la tierra, en las profundidades del mar y en la lejanía de las estrellas, ¡sin pararnos a pensar que la auténtica amenaza venía del futuro!
—Entonces… ¿Qué fue lo que viste?
—Los he visto a ellos. A los que han conquistado la Creación en todo su esplendor.
Philip Steelman tragó saliva al tiempo que intentaba discernir qué clase de acontecimiento real podía haber menoscabado semejante intelecto. Tenía poco tiempo si quería averiguar algo más sobre el trauma de Laurence Evans, por lo que tenía que elegir cuidadosamente qué preguntas formularía a continuación. Necesitaba un hilo del que tirar tan pronto como el profesor se durmiera, por lo que tenía clara cuál sería su primera pregunta:
—Lo que viste, ¿ocurrió en las playas de Larden?
—¡Sí! ¡Ahí ocurrió! El maldito departamento de Geografía de la Universidad tiene dispuestas varias estaciones a lo largo de la costa norte de Alaska. Entre otras cosas recogen datos de los campos geomagnéticos del polo. Una mañana, escuché de soslayo en la cafetería que la estación de Larden había recogido una lectura anómala —poco a poco, la voz del profesor comenzó a apagarse—. El campo magnético del Polo Norte no debería sufrir esa clase de variación, y concluí que algún fenómeno acontecido en las inmediaciones de la playa tenía que haber afectado así a las lecturas.
»Llegué a Larden una semana después de que se registrasen dichas lecturas. Pude escuchar un ruido similar al que producen los sintetizadores. Era un ruido muy grave, como un rugido gutural. Enseguida supe que lo que oía era el propio magnetismo desquebrajándose de alguna manera… Solo que no era eso: ¡Era la realidad misma!
El doctor Steelman cogió la mano del profesor con fuerza en un intento por espabilarle. Se le cerraban los ojos. Necesitaba averiguar más, necesitaba escuchar la historia al completo para entender mejor qué había podido ocurrir, aunque ya se hacía a la idea.
—Por favor, continúa. No dejes que el sueño te venza todavía. Quédate conmigo un poco más.
—Pude ver cómo en un lugar concreto de la playa se formó una esfera. Dicha esfera generó en primera instancia el conocido como Efecto Kerr. Más tarde, pude contemplar asombrado cómo se formaba… —El profesor recapacitó sobre lo que iba a decir— ¿Cómo lo explico de manera sencilla? Pareció transformarse en un horizonte de sucesos. La luz a su alrededor se comportó como lo haría al entrar en la ergosfera de un agujero negro. Pero no sabes qué es una ergosfera, pues es un nombre provisional, algo en lo que trabaja mi buen amigo John Wheeler. Lo que ahí estaba viéndose era… Maravilloso. Era la demostración de que la relatividad… —El profesor le interrumpió.
—Céntrate en los hechos.
Laurence Evans le devolvió una mirada confusa, pues en su mentalidad de físico, era precisamente lo que estaba haciendo y los sedantes dificultaban la comprensión de lo que Philip Steelman quería decir. El doctor, a la vista de la expresión de su amigo, le ayudó a encauzar la narración:
—Se formó una esfera que no debía estar ahí. ¿Qué ocurrió después?
—Empezó a comportarse… —Philip volvió a interrumpirle:
—No quiero sonar descortés pero los detalles acerca de la esfera no me aportan nada que me permita ayudarte.
—Oh, entiendo. Bien, bueno, en ese caso…
Los ojos del profesor revivieron el horror de aquel instante. En un intento por alejarse del momento donde perdió la razón, Laurence Evans trató de volver a la extraña esfera que vio. De haber podido, el profesor habría explicado que la esfera tan sólo podía significar una cosa: Lo que procediera de su interior tenía que venir de otro punto del espacio-tiempo pues, según la Teoría de la Relatividad, los cuerpos que se muevan en su interior podrían hacerlo más allá de la velocidad de la luz.
—La esfera dio paso a un grupo de seres terribles que, ni en la peor de mis pesadillas, habría sido capaz de imaginar. Guardaban cierto parecido a las cucarachas y, del mismo modo que nosotros provenimos del mono, estoy convencido de que esos monstruos habían evolucionado de ellas. Eran cuatro: Tres eran marrones y el otro, negro. Medían aproximadamente lo mismo que yo: Un metro con setenta centímetros. No sabría describirlos con exactitud —la voz, como el pulso, le temblaba—. Tenían unas antenas largas que salían de su cabeza hacia atrás y luego volvían sobre sí mismas formando algo parecido a una ce. Las movían. Eran seres semi antropomórficos, pues el abdomen estaba erguido y de su espalda había resquicios de lo que en generaciones anteriores fueron alas, aunque juraría que no podían utilizarlas para volar. Usaban dos pares de patas, muy peludas y largas. Recuerdo que secretaban una especie de baba espumosa repugnante por lo que parecía la boca.
»No sé cómo pude recomponerme tan rápido, pero pude esconderme entre unas rocas, a unos treinta o cuarenta metros de la estación geomagnética. Era una buena posición porque detrás de mí se alzaba una pared de rocas de unos diez metros de altura. El ser negro parecía embadurnado en betún y era el único que portaba algo entre sus garras. Un artilugio que sería incapaz de describir pero que, supuse, abrió la singularidad. Llevaba conmigo una Beretta. No sé por qué decidí llevarla conmigo, pero así fue. Agazapado como estaba, detrás de las rocas, la desenfundé. No soy un tirador experto aunque serví en la Segunda Guerra Mundial, por lo que un enfrentamiento era algo que quería evitar. Sólo quería salir de ahí.
»Los seres marrones dejaron de erguirse para avanzar reptando por la playa. Aquello resultó dantesco. Al avanzar realizaban un ruido similar a chasquidos. Mi pulso temblaba y rezaba para que no me encontraran. Parecía una partida de búsqueda, o una expedición. No iban armados, pero si esta era su segunda visita, ten por sentado que volverán. ¡Y más aún después de lo que ocurrió!
—¿Qué ocurrió? —Preguntó Philip Steelman.
—Tras treinta minutos que transcurrieron como si fueran meses, la criatura negra lanzó un extraño chillido. Muy agudo. Y las marrones entonces regresaron a su lado, a excepción de una. Esa criatura, que yo había perdido de vista, se encontraba en la pared de rocas a mi espalda, sujetándose a ella con todas sus extremidades. Sus antenas largas y repugnantes apuntaban hacia mí. Babeaba y movía sus alas, o lo que fuera eso, con energía. Parecía furiosa. Lanzó un chillido, oí unos chasquidos y apreté el gatillo.
»El ser cayó de espaldas al suelo. Rápidamente me giré hacia la anomalía y pude ver cómo ésta se cerraba llevándose consigo a los otros tres seres. El cuarto, malherido, se arrastró por la arena de la playa. La adrenalina me hizo apretar el gatillo una vez más, y otra, y otra, y otra… Me temblaba el pulso por lo que la mayoría de disparos fueron a parar a la arena.
A Laurence Evans le costaba cada vez más articular palabra alguna. Los ojos se le cerraban, los músculos se relajaban y la cabeza empezaba a despejarse por completo, vaciándose de todo lo que había sucedido. En un último esfuerzo, consiguió aclarar algo que, como físico, necesitaba explicar a su pequeña audiencia:
—Por qué sé que venían del futuro, te preguntarás…. Según lo que sabemos gracias a la Teoría de la Relatividad… Es imposible viajar al pasado… Salvo… Que nuestros conocimientos sobre física cuántica, estén… Totalmente en pañales. Que lo están… Igualmente, John Wheeler ya encontró… Una posible solución a esto gracias… A la hipótesis… Del electrón único. Esas criaturas… Sólo podían venir del futuro. Por su aspecto… Por su tecnología…
Laurence Evans se desvaneció en un profundo sueño. Philip Steelman se ajustó las gafas, se incorporó y miró a Laurence de arriba a abajo. Su pronóstico estaba claro: Había ingerido ácido, o cualquier otra sustancia tan de moda en California, que le había provocado paranoia. Ya había visto casos de personas que, en un intento por disfrutar de una buena experiencia, habían perdido la cordura. No todos los cerebros estaban preparados para el golpe tan fuerte que proporcionan esas toxinas. El doctor se compadeció de su amigo, al tiempo que admiraba lo extraordinario del relato que había narrado. Pocas veces había escuchado alucinaciones tan detalladas.
Su gran temor venía de la parte de la historia donde contaba que había desenfundado un arma y disparado. Se preguntó si alguien había podido resultar herido y, dado que ya no tenía nada más que hacer junto al profesor, se retiró a su despacho para realizar una llamada a la comisaría de policía de Larden. Quería saber si habían recibido la denuncia de un tiroteo en la zona de la costa. Pero no había sido el caso. El policía que le atendió le preguntó si quería interponer él una. Dijo que no. Posteriormente, llamó al hospital preguntando por algún herido de bala. La respuesta fue, igualmente, negativa. El doctor se temió lo peor. Temía que su amigo hubiera asesinado a alguien, pero el reloj marcaba una hora intempestiva y buscar cualquier indicio bajo la luz de las estrellas era una tarea para la que no estaba capacitado. A Philip sólo le quedaba esperar a que amaneciera para poder visitar la playa de Larden, recoger las pertenencias que encontrase del profesor y rezar para que sólo le hubiera disparado a un perro callejero o algo así.
Cuando dieron las seis y media de la mañana, Philip vio que el sol ya alumbraba lo suficiente como para poder salir a investigar. Fuera del sanatorio, todo era tan gris y monótono como lo era en su interior. Las nubes cubrían el cielo con deprimente desgana y los árboles, todos sin hojas, parecían el resquicio de un tiempo pasado y remoto mucho más amigable que el presente.
El doctor Steelman arrancó el motor de su Chaser, un enorme sedán negro de cinco metros de largo y emprendió la marcha al tiempo que escuchaba las noticias en la emisora de radio local. En los veinte minutos que duró el trayecto, tuvo tiempo para pensar acerca de la historia del profesor. En todos sus años de carrera había escuchado decenas de testimonios similares donde las conspiraciones, los seres del espacio e incluso los fantasmas, aparecían como protagonistas indiscutibles de un delirio fruto de toda clase de desgracias. Pero había algo en la historia de Laurence Evans que le ponía la piel de gallina. Quizás fue la manera en que había logrado narrar los hechos: Formulando frases complejas teniendo en cuenta su estado; siendo capaz de explicar, aunque vagamente, ciertos temas de su campo profesional… O quizás fue, únicamente, su mirada. Una mirada aterrada pero sincera, una mirada que cuanto más la rememoraba en su cabeza, menos se le antojaba la de un loco. Qué había provocado el estado de histeria de Laurence Evans continuaba siendo todo un misterio, y quizás no lo llegase a desentrañar.
Las playas situadas al norte de Larden eran tan inhóspitas como todo lo que rodaba la población. Tenían una arena gris que se asemejaban más a la ceniza que a la propia arena. Repartidas a lo largo de la costa se podían vislumbrar decenas de rocas negras de todos los tamaños, y según se recorría la playa hacia el este, una pequeña formación rocosa emergía de la tierra para ir ganando terreno a la playa y al mar hasta convertirse en una suerte de acantilado lo suficientemente alto como para resultar peligroso.
El relato de Laurence Evans mencionaba la formación rocosa, por lo que decidió aparcar el Chaser cerca de la arena, a unos cincuenta metros al oeste del lugar indicado. Ataviado con una gabardina gris, el doctor Steelman comprobó que su revólver estaba en el mismo bolsillo donde lo había dejado. Al igual que el profesor Evans, no habría sabido explicar por qué cogió el arma de la guantera de su vehículo: Simplemente sintió que tenía que haberlo.
El oleaje irrumpía con calma contra la tierra, y el sonido que emergía del mar apaciguaba los ánimos del doctor. Aun en esas condiciones, encontraba el sonido de las olas muy relajante. Era todo cuanto podía oírse, pues la carretera que bordeaba la costa apenas era transitada por nadie y el paraje era tan desolador que ningún animal tenía los ánimos para asentarse en él.
Philip Steelman repasó mentalmente el relato de su amigo y concluyó que sería buena idea ubicar la estación geomagnética de la universidad para tratar de reconstruir los hechos. No le fue difícil encontrarla, ya que se encontraba muy cerca de donde había aparcado. Sus zapatos negros, tipo Oxford, se hundían en la arena cada vez más haciendo que, poco a poco, el frío fuese calando sus pies.
La estación era una caja metálica situada a un metro de altura y colocada sobre un soporte. En la parte superior, una pequeña antena sobresalía unos treinta centímetros. Emitía un ligero zumbido, pero nada más. No había nada que indicase que había sido manipulada y no había rastros de ningún tipo. Steelman supuso que las huellas que hubo dejado el profesor ya se habían esfumado.
Desde donde estaba, giró en dirección a las rocas negras en un vago intento por descifrar algo. Por lo menos no pareció que hubiera nadie tirado en la arena. Suspiró en un gesto de alivio y comenzó una pesada caminata. Ahí no había nada de momento, y el color de la arena dificultaría encontrar el arma.
Pese a la corta distancia que separaba la estación de la pared de rocas, tardó un par de minutos en llegar. Había una roca de un metro de alto que podría haber servido de parapeto. Al rodearla encontró, para su sorpresa, una pista: Un gemelo que, sin duda, era propiedad del profesor Evans. Brillaba con fuerza pese a la poca luz. Desde ahí tenía una vista magnífica de la playa y resultaba difícil descubrir en qué punto vio Laurence Evans la supuesta anomalía. Por ello, consideró que lo más factible era investigar la pared que tenía a su espalda.
Antes de girarse, un escalofrío le recorrió la espalda. Algo le decía que, detrás, le estaría esperando una de esas criaturas que su amigo había descrito. Esperando pacientemente, camuflada en la roca, moviendo sus repugnantes antenas al tiempo que excretaba esa baba vomitiva por sus fauces. Podía sentir cómo avanzaba lentamente, moviendo sus patas una a una con la paciencia de un auténtico cazador. El pulso empezó a temblarle e, instintivamente, se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. El revólver estaba frío. Con delicadeza, deslizó su dedo índice sobre el gatillo mientras notaba cómo el vello de su nuca se erizaba. Con el resto de la mano agarró fuertemente la empuñadura. Un ligero cosquilleo en el cuello precedió a un rápido giro de ciento ochenta grados. Philip Steelman logró desenfundar su arma con torpeza, únicamente para comprobar que entre las rocas no había ningún monstruo.
Todo su cuerpo se relajó, lanzó un airado suspiro de alivio y volvió a dejar el revólver en el bolsillo de su gabardina. Cuando la razón volvió a él, rebuscó en la arena tras la roca. Si Laurence Evans había disparado una Beretta desde ahí, tenía que haber casquillos en algún lado. Removió y removió hasta que, finalmente, encontró dos enterrados. Alzó la mirada hacia la roca intentando encontrar los agujeros de bala. Era imposible, y él lo sabía. Pero algo, quizás el mismo sentimiento que le hizo armarse con el revólver, le decía que mirase con atención. Miró las rocas, las escudriñó tan de cerca como le fue posible buscando algún punto donde un ser humano hubiera podido escalar sin problemas, pero no había nada. Todo cambió cuando volvió a mirar la arena.
El corazón se le detuvo por un instante. Sintió cómo el aire no llegaba a sus pulmones y pudo contemplar horrorizado cómo en la arena, a escasos metros, todavía podían verse unas extrañas manchas, ya secas, de algo que podía ser sangre. Era difícil esclarecer el color del fluido pues éste se veía oscurecido por la arena. Un rastro se perdía por la playa siguiendo la pared de rocas. El doctor no perdió un instante y decidió seguirlo con el corazón en un puño.
Las manchas, cada vez más abundantes, se perdían entre las rocas una vez la playa acababa. No muy lejos, Philip Steelman vio lo que parecía la entrada a una cueva. El oleaje golpeaba las piedras y se adentraba en la caverna, borrando así todo rastro de la persona que huyó en busca de un refugio. Con cuidado, el doctor avanzó hacia el lugar donde temía encontrarse el cadáver de un pobre desgraciado. El lugar estaba oscuro y el mar retumbaba en su interior con un eco extraño. De su bolsillo izquierdo sacó un encendedor. No era lo más adecuado, pero sin duda alumbraba bastante.
—¿Hola? —Dijo con preocupación— ¿Hay alguien aquí?
Su voz resonó con fuerza, pero él sólo escuchó el mar como respuesta. Miró las rocas en un vano intento por encontrar más restos de sangre. Todo estaba vacío. Pensó que lo más seguro era que si la persona herida corrió a refugiarse en la cueva, sus compañeros habrían acudido en su ayuda y le habrían sacado. Pero necesitaba asegurarse. Tenía que llegar hasta el final de la cueva, rezando por no encontrar un cadáver.
La luz del encendedor bailaba alegremente, provocando que todas las sombras que proyectaba la cueva vibrasen inquietas. Aunque el doctor no tenía demasiada imaginación, ésta comenzó a elucubrar con lo poco que podía verse en el sitio. Philip Steelman avanzaba dejando atrás la entrada, haciendo que cada vez resultase más difícil ver qué había a su alrededor. El mar no se atrevía a entrar tanto en el lugar y de las olas ya sólo quedaba el eco. Ahí reinaba la oscuridad y nada más.
Tras avanzar unos metros más, pudo ver cómo entre las rocas volvía a verse el rastro de sangre, esta vez más fresca. Pasó los dedos sobre la mancha y los acercó al encendedor. Para su asombro, lo que él creía que era sangre, era de un tono demasiado oscuro: Prácticamente negro. Lo olió. Carecía del característico tono ferroso tan propio de la sangre humana. Antes de que pudiera elucubrar de qué se trataba, palideció ante el ruido que pudo escuchar. Era un chasquido que retumbó por toda la estancia.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con nerviosismo— Soy el doctor Philip Steelman, vengo a ayudar.
De nuevo, escuchó un chasquido. Levantó el encendedor tanto como le fue posible mientras que con la mano derecha buscó su revólver. La adrenalina hacía su efecto: El corazón le latía demasiado rápido y sus pulmones exigían más aire. Las piernas le temblaban. Girando sobre sí mismo, escudriñó todas las paredes en busca de la criatura que describió Laurence Evans.
Entre el leve eco del oleaje y el palpitar de su corazón, Philip Steelman distinguió otro ruido: Eran unas gotas cayendo sobre su hombro derecho. Aterrorizado, acercó el encendedor. La visión de una sustancia transparente y viscosa le heló la sangre. Con lágrimas en los ojos, comprendió que el relato de su amigo era real. Alzó la mirada y sobre su cabeza, a poco más de un metro, la luz del encendedor se reflejó sobre una criatura monstruosa, marrón y horripilante que había estado acechándole desde que entró en aquella cueva. Sus antenas se movían tal y como había imaginado. Ante el terrible horror que se cernía sobre él, el doctor sólo pudo ahogar un grito que nadie escuchó, del mismo modo que nadie pudo oír el disparo que, invadido por la locura, se dio en la cabeza Philip Steelman.
Recorte del periódico The Federal. Publicado en enero de 1967.
El profesor de la Universidad de Anchorage, Laurence Evans, ha sido hallado muerto en su habitación de la Institución Mental del Doctor Dresden, por las enfermeras que lo atendían. Según ha informado el Departamento de Policía de Larden a este periódico, la causa de la muerte habrían sido dos cortes longitudinales que presentaba en los brazos y que se habría provocado el propio Laurence Evans con una cuchilla de afeitar. Junto a él, se ha encontrado una carta donde asume la autoría de la muerte del doctor Philip Steelman, cuyo cadáver fue hallado hace dos días cerca de la playa de Larden.
En dicha carta, y según fuentes del departamento de policía, Laurence Evans relata cómo convenció al doctor Steelman para que lo acompañase a la Cueva del Peregrino, donde le disparó a bocajarro y procedió a profanar su cuerpo para despistar a los detectives. Posteriormente, habría vuelto a su habitación para no levantar sospechas. Desde la Institución Mental del Doctor Dresden aseguran haber abierto una investigación interna para esclarecer cómo pudo entrar y salir sin ser visto. Además, han confirmado a The Federal el aumento de medidas de seguridad para evitar que otros pacientes puedan tener acceso a objetos cortantes que puedan suponer un peligro tanto para su integridad como la de otros pacientes y el personal.
El profesor Laurence Evans, quien antaño fuese un reputado miembro del equipo docente de la Universidad de Anchorage, fue ingresado de urgencia en la Institución Mental del Doctor Dresden debido a un episodio de histeria que acabó derivando en un cuadro de esquizofrenia paranoide.
