«Le llamábamos el viejo Ricardo, aunque nadie sabía a ciencia cierta si ese era su nombre real.»

Introducción
«Mi infierno en Madrid» no se escribió de manera normal. Quienes mejor me conocen saben que me gusta experimentar con la manera en que se cuentan las historias. Aunque es algo que no hago casi nunca, con este relato decidí lanzarme a la piscina. Quería hacer algo viral. En agosto de 2019 entré en uno de los foros más grandes de habla hispana, y decidí abrir un nuevo tema. Poco a poco fui subiendo la historia, actualizando el post. Cada día, más gente se iba sumando al hilo. Hubo todo tipo de opiniones: Algunos pensaron que era real; otros, que era demasiado literario para serlo. Al final tuvo más de 900 comentarios y miles de visitas.
Por favor, tened en cuenta el medio a la hora de leer esta historia. Por cierto, sí forma parte del cánon de «Kurnalath», aunque igual me toca repasar algún acontecimiento que otro.
En cuanto a la portada de este relato, sé que es un poco cutre (bueno, en realidad todas lo son pero esta lo es especialmente). Quería hacer el típico cartelito de Mr. Wonderful, o el clásico post de Instagram.
Mi infierno en Madrid
Buenas a todos shurs, lo primero pido seriedad. Lo que voy a contaros no me resulta fácil de relatar, y si lo hago es porque mi psicólogo me lo ha propuesto como un ejercicio. Valga decir que me parece un psicólogo de mierda pero bueno, no me puedo permitir otra cosa. Dicho esto, vayamos al lío. Vivo con mi mujer en un piso reformado en el centro de Madrid, por la zona de los Austrias. Es un pisito que nos han prestado unos familiares porque estamos pasando una mala época económica. Mi mujer no encuentra trabajo, yo no gano lo suficiente y tenemos bastante presión sobre nuestros hombros. Cosas que, a decir verdad, no vienen al caso.
No me quiero enrollar demasiado, aunque va a ser algo bastante largo. Nos mudamos hace unos ocho meses, al lado de la basílica de San Miguel. En el bloque la mayoría somos treintañeros que trabajamos casi todo el día y que apenas vamos a dormir, aunque luego están los típicos matrimonios mayores que llevan aquí toda la vida y se conocen entre ellos. Mi mujer y yo vivimos justo bajo la bohardilla, que estaba vacía. Es un edificio antiguo así que era normal que pese a ello, oyéramos crujidos de vez en cuando así como el típico ruidito de las canicas botando. Pero por marzo escuché pasos, eran como las tres o cuatro de la mañana. También pude oír como si alguien corriese muebles. Acostumbro a tener parálisis del sueño de vez en cuando, así que lo achaqué a ello. Casi lo había olvidado hasta que al día siguiente recibí un WhatsApp de mi pareja: «Tenemos nuevos vecinos». O vecino, más bien.
Le llamábamos el viejo Ricardo, aunque nadie sabía a ciencia cierta si ese era su nombre real. Desde luego fue el que apareció aquella mañana en el buzón. Había puesto un papelito amarillento en el que se podía leer con una caligrafía antigua y elegante: Ricardo N. Pocos en la comunidad de vecinos llegamos a verle, y muchos ni siquiera se percataron de que se había mudado con nosotros. Sí, los matrimonios mayores comentaron algo pero la gente joven no suele prestar atención a esas cosas. Eso, por suerte para ellos, les liberó del horror que atestigüé y que me va a perseguir hasta que decida quitarme la vida.
Durante las primeras semanas no escuchamos absolutamente nada. Ni un ruido. Yo llegué a la conclusión de que posiblemente fuese un chaval que tuviera un trabajo nocturno o algo así. Dormiría por el día y por la noche estaría fuera currando. Los problemas comenzaron a mediados de abril. El viejo Ricardo llevaría en el bloque un mes y medio aproximadamente. Entre las dos y tres de la mañana se escuchaban incesantes golpes metálicos. ¡Clanc, clanc, clanc! Una y otra vez, una y otra vez. Intenté tener cierta paciencia, porque como en mes y medio no había hecho ni un solo ruido pensé que sería algo puntual. No debe resultar sencillo hacer según qué cosas si tienes el horario cambiado. Pero es que los golpes sonaron durante lo menos cuarenta minutos. Acabé bastante harto, así que cuando a la noche siguiente volvieron a despertarme no dudé en subir a hacerle una visita al viejo Ricardo.
El momento de ir hacia la buhardilla se me ha quedado grabado totalmente en la memoria. Cuando salí al descansillo, los ruidos cesaron. La escalera del rellano es bastante ancha, con unos escalones algo bajitos y totalmente de madera. La barandilla, la clásica de metal con bastantes adornos. En el hueco hay todavía un ascensor antiguo de esos que suben súper despacio. Como iba diciendo, no se escuchaba nada. Miré a mi alrededor. Todo estaba a oscuras. Apenas entraba algo de luz por una ventana. Las escaleras, alumbradas por la luz de la luna, cobraron un tinte siniestro. Me sentí realmente incómodo y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Tras unos segundos que me parecieron interminables, volví a escucharlo: ¡Clanc, clanc, clanc…! Me armé de valor y me dispuse a subir las escaleras.
Nada más poner el pie en el primer escalón, la atmósfera cambió radicalmente. El aire parecía estar cargado, como si nadie hubiera ventilado en semanas. Era un olor rancio muy particular. No era podredumbre ni nada parecido. Era más como el típico olor que desprenden los mendigos que viajan en metro, pero… no sé, antiguo. Muy muy raro. Ojalá pudiera explicarlo mejor. Cuando llegué al final de la escalera los golpes no habían cesado. Al contrario, sonaban con más fuerza. Yo me planté ante la puerta. Me sorprendió el estado en el que estaba. Daba la sensación de que no la habían cambiado en la vida. Me armé de valor y llamé al timbre, pero no funcionaba. No me lo podía creer. A ver cómo me oía con tanto ruido. Llamé a la puerta dando un par de porrazos, y los golpes cesaron. Insistí con unos golpecitos más corteses, pero no parecieron percatarse. De nuevo llamé, y lo acompañé con un «¿Oiga, oiga?» Entonces escuché pasos. La madera crujía bajo unas pisadas lentas y muy pesadas. Una voz muy particular dijo «¡Cállate!» y cualquier ruido cesó. Yo estaba flipando. Sabía que esa orden no era para mí porque se escuchó como al otro lado de la casa.
Lo que sí escuché casi a mi lado, fueron unos susurros. Era una voz femenina, diría que de niña. Pero yo no entendía lo que decía. Hablaba muy rápido y diría que en un idioma del este. Volví a escuchar pasos, más y más cerca. La vocecilla pronto se convirtió en un sollozo lleno de pánico. Yo estaba pegado a la puerta, totalmente bloqueado. Las pisadas se oían al otro lado del umbral, literalmente. Sólo deseaba que por Dios, no abriese la puerta. Me mantuve agazapado y conteniendo la respiración. El corazón me latía a mil por hora.
CONTINÚO
No podía moverme. Estaba totalmente paralizado por la idea de que me descubrieran. Quienquiera que estuviera al otro lado, tardó en marcharse un minuto que me pareció eterno. Tenía la cabeza apoyada en la pared y así me quedé no sé cuánto tiempo. Soy un cagueta, lo sé… No tuve fuerzas para hacer nada hasta que sentí que la presencia se marchaba. Poco a poco, casi a rastras, llegué hasta las escaleras. El silencio se palpaba como una olla a presión que estaba a punto de estallar. Cualquier ruido en ese momento creo que me habría provocado un ataque al corazón. Fui bajando poco a poco las escaleras, y en cuanto dejé atrás el último escalón, corrí hasta la puerta de mi casa. Entré, eché la llave, y la cadena y me fui al sofá.
A la mañana siguiente, el recuerdo de mi siniestra aventura se dibujaba como una simple pesadilla, algo irreal. Cuando mi mujer me preguntó por qué había dormido en el salón, decidí contarle la milonga de que me había sentado mal la cena, pero que ya estaba mejor. El día transcurrió sin mayores percances: Yo fui a trabajar, Sofía (que así se llama mi pareja) tuvo un par de entrevistas… Fue un día bastante estresante y muy, muy cansado, así que para cuando llegué a casa no tenía cuerpo para pensar en nada. Hasta que Sofía me soltó un bombazo que me dejó helado. Recuerdo sus palabras casi literalmente: «Me he encontrado con la del tercero. Su hija ha desaparecido».
Estuve a punto de atragantarme. ¿¡El tal Ricardo la había secuestrado!? Le pregunté qué había pasado, si le habían encontrado… En fin, una buena batería de preguntas. Sofía me explicó que había ocurrido esa misma mañana, en un pequeño parque que hay cerca del bloque conocido como el Jardín del Príncipe de Anglona. «Menos mal», me dije. Si había desaparecido ese mismo día, significaba que mi vecino de arriba no era un secuestrador. En un minuto me había montado una buena película. Joder, Ricardo a lo mejor tenía una hija que daba por saco por las noches y yo, como un imbécil ya le tachaba de delincuente. Seguimos charlando al respecto, nos propusimos hablar con la vecina para ver si podíamos ayudar en algo, etc. Cuando me fui a dormir, me costó horrores conciliar el sueño. De hecho me metí en la cama bastante pronto, pasadas las 22h porque estaba reventado, pero fue de esto que te acuestas y te desvelas. No recuerdo que pensase en lo de los vecinos, simplemente tenía acumulado mucho estrés.
No tuve ocasión de descansar demasiado. Los ruidos aquella noche comenzarían sobre las tres menos cuarto de la mañana. Como la noche anterior, no paraba de sonar: ¡Clanc, clanc, clanc! Ahí ya desperté a Sofía. Le pregunté si escuchaba esos ruidos y me dijo que sí. Bueno, al menos no estaba tan pirado como pensaba. «Creo que es el vecino», le dije. Pero Sofía pasaba, lo cual era de esperar porque al día siguiente tenía otra entrevista bastante temprano. Yo tenía que currar así que tampoco me podía permitir el lujo de trasnochar. Me quedé en la cama dando vueltas bastante tiempo, pero el dichoso ruido no cesaba y no tenía ninguna intención de volver a la puerta del tipo ese. No sabía qué clase de persona podía ser, a lo mejor esta vez abría la puerta y me acuchillaba o algo. Le concedí la presunción de inocencia, pero desde luego no iba a confiarme. Tenía el presentimiento de que ahí arriba pasaba algo jodido, así que opté por lo más sensato: Llamar a la policía. El chico que me atendió pudo oír perfectamente los golpes, así que tras confirmar mi dirección envió una patrulla. Me pareció acojonante el tiempo que tardaron en atenderme. Llega a colarse alguien en casa y no lo cuento. Bueno, al grano. La pareja de agentes llegaron bastante rápido. Estuve asomado a la ventana del salón esperando, y tan pronto como les vi venir les di un silbido y con la mano les indiqué que bajaba. Los golpes seguían. Ya serían las tres y cuarto o así. Como suele pasar en estos casos, el ruido había cesado.
Ya en el portal pude hablar con ellos. Eran dos tipos bastante majos, la verdad. Les estuve contando que ya era la segunda noche con ese ruido del demonio, que la vez anterior no dije nada porque pensaba que era alguien que trabajaba por la noche, etc. También les expliqué que había oído como unos sollozos de niña pequeña. Los policías y yo subimos hasta mi planta, ya que el ascensor no llega hasta la buhardilla, y de ahí subieron arriba. Yo no, yo me quedé al pie del tramo de escaleras. Les susurré que el timbre no funcionaba. La luz del descansillo volvía a estar estropeada, así que estaba agazapado en las sombras. Ahí estaban los dos aporreando la puerta al grito de «¡Policía!» Contrariamente a lo que cabría esperar, los golpes resonaron con mayor insistencia. Pude oír entonces cómo se deslizaba un pestillo y cómo un par de cerraduras movían sus engranajes. La puerta abrió con un pequeño y agudo chirrido. Yo no veía nada ya que los dos policías tapaban todo. Le dijeron a Ricardo que habían recibido varias quejas de los vecinos por el ruido. Me llamó mucho la atención la voz del anciano cuando les explicó la procedencia de tan molesto golpeteo. No sé qué historia les contó sobre una tubería que hasta dentro de un día o dos no vendría el fontanero. Que lo sentía mucho y eso. No presté demasiada atención a la explicación porque me quedé hipnotizado por la voz de aquel personaje. Era grave e increíblemente ronca. Era como, no sé, igual que hay chicas con voces dulces, que piensas que tiene voz de ángel, el tal Ricardo la tenía de demonio.
Los agentes se despidieron diciéndole que si para mañana no estaba ese fontanero, llamase a otro. Yo continuaba asomado, mirando la escena desde las sombras cuando el policía que estaba a la izquierda cambió de postura, como si se apoyase sobre una pierna. Dejó el espacio justo para que yo pudiera ver la silueta de mi vecino. Esa fue la primera vez que lo vi, la primera vez que el horror personificado cobró forma. Había poca luz, así que no pude verle bien las facciones. Se trataba de un hombre mayor, no sabría concretar bien la edad pero rondaría los ochenta años o por lo menos, eso era lo que aparentaba. Lo más llamativo era su tamaño. Era un hombre enorme que mediría cerca de metro ochenta, y estaba increíblemente gordo. He visto gente oronda en mi vida pero Ricardo desprendía un sentimiento despreciable y grotesco. El policía que estaba a la derecha recordó lo que le había contado de la niña y le preguntó si su nieta estaba bien. «¿Nieta?», preguntó él. «Yo no tengo ninguna nieta». Me pareció un embustero. No quise salir de mi escondite por miedo a las represalias pero deseé que el policía hiciera como en las películas y le preguntase si no le importaba que echase un vistazo. No fue así. Le dieron las buenas noches y se marcharon. Cuando Ricardo fue a cerrar la puerta, hizo un gesto con la cabeza, como si me hubiera visto en la oscuridad. Me había visto, de hecho. Ni siquiera llegué a despedirme de la policía. Me metí en la casa como una rata y vi por la mirilla cómo se marchaban.
Al principio, Ricardo no se molestó por la llamada de la policía. No hubo ninguna clase de represalias, pero los ruidos siguieron dos días más. Ya se estaba convirtiendo en un problema serio, y hasta Sofía empezó a pensar en volver a llamar. De hecho llamamos pero no nos hicieron mucho caso. Vino una patrulla, se asomó, vio que no había nada raro en el bloque y se marchó. Pero lo más raro estaba todavía por llegar. Huelga decir, por cierto, que tras tres días la niña de la vecina no aparecía. Estuvimos ayudando a poner carteles por el barrio y tratamos de contactar con algún medio de comunicación pero sorprendentemente no nos hicieron caso. La pobre mujer era un alma en pena. Se te rompía el corazón cuando la veías. ¿Que por qué no dije nada más de los sollozos en casa del vecino? Me autoconvencí de que lo que oí fue fruto del estrés o la ansiedad. No por lo que le dijo Ricardo a la policía, sino porque si tuviera una nieta o algo, se escucharían sus pasos, las risas, los gritos… Quien haya vivido con niños arriba sabrá a lo que me refiero. El bloque estaría reformado pero las paredes seguían siendo de papel.
Como he dicho, lo más raro estaba por llegar. Habían pasado dos días y los ruidos eran más fuertes que nunca. Al clásico «clanc, clanc, clanc» se sumó algo, una melodía. La musiquilla sonaba muy parecida al clásico de Lale Andersen «Lili Marleen». Era una voz de niña, aunque agravada o distorsionada. Estuvo así un rato, luego mantuvo una nota alta que se transformó en un alarido terrible y desgarrador. Se hizo el silencio. Sofía y yo estábamos acojonados. ¿Qué coño estaba pasando ahí arriba? Escuchamos voces de dos hombres hablando, aunque no distinguí nada. Uno era Ricardo. Esa voz no se olvida. La otra me resultaba demasiado familiar pero no la ubicaba. Decidí volver a llamar a la policía. Al parecer, si llamas tres veces sobre el mismo tema y no hay nada, ya pasan de ti. Me dijeron directamente que si tenía problemas con el vecino pusiera una denuncia, que eso era para emergencias. Insistí en que estaba pasando algo grave, que había oído gritos. Pero no me creyeron. Estaba alucinado. Mi mujer también.
Escuchamos pasos, risas, voces… De todo. La conversación pasó rápidamente al descansillo. Con la cadena puesta, entreabrí la puerta a ver si podía oír algo. Y lo hice. La voz familiar preguntó a Ricardo si iba a funcionar. Él le dijo que sí, que no se preocupase. Que nunca había fallado. La voz contestó que por ese precio, más le valía y le preguntó qué haría con «la cosa esa». Ricardo le dijo que eso era cosa suya. Se despidieron. Yo cerré la puerta con mucho cuidado de no hacer ruido y me quedé espiando por la mirilla a ver si reconocía a la persona. Vaya que si lo hice… Bajó hasta mi planta, abrió el ascensor y ahí pude ver perfectamente que se trataba de un conocidísimo político. Uno que apenas un par de semanas después alcanzaría unos resultados mucho mejores de los que se esperaban las encuestas. Como comprenderéis, no puedo decir más porque mi vida correría peligro.
CONTINÚO 2
Le conté a Sofía lo que había pasado, y que había visto al político este. No parecía muy convencida, pero me creía. Le expliqué que había visto al vecino y la verdad, no daba la sensación de ser alguien que se codease con la alta sociedad. En los días siguientes los ruidos cesaron y casi me había olvidado de todo hasta que, tras una semana y media o así, volvió a empezar el ruido: ¡clanc, clanc, clanc…! Era el como el cuento de nunca acabar. Puse una denuncia en comisaría que ahí sigue. Los vecinos ya cuchicheaban de todo por los pasillos, poniendo a parir a Ricardo. Resultaba reconfortante ver que no era el único al que molestaba. Pensé que solo se oiría en mi piso.
Acabé dándome cuenta de algo cuanto menos curioso: El ruido de tuberías se sucedía con los tarareos a lo Lale Andersen en un particular ciclo que duraba un par de semanas. Durante una quincena todo permanecía en calma, como si no viviese nadie. Luego se escuchaban los golpes metálicos durante una sucesión de noches; después se sumaba la cancioncilla, y tras un jaleo casi ensordecedor, nada. Cuando vi que el político había obtenido unos resultados electorales mucho mejores de los esperados me pregunté si aquello estaba unido en alguna manera. Si se repetía el ciclo, lo único que tenía que hacer era estar pendiente de cuándo terminaba para mirar si el tipo volvía a aparecer. No lo hizo. En cada ciclo veía personas distintas que yo no reconocía. Algo estaba pasando en el piso de arriba. Estaba seguro. Algo que no era normal ni bueno, y quería saber qué era. Pasaron bastantes ciclos hasta que decidí que tenía que hacer algo. Tenía que colarme en la buhardilla, en la casa del viejo Ricardo.
Estuve buscando en YouTube formas de forzar una cerradura. La manera más fácil era, si la llave no estaba echada, usar una tarjeta de crédito o algo similar. Un amigo mío lo había usado hacía tiempo para entrar en su casa cuando se dejó las llaves, así que no debía ser muy complicado. Estuve practicando hasta que calculé que era la noche del final del ciclo. Si iba a entrar ahí, lo iba a hacer con todo. Quería dejar constancia de lo que ahí ocurriese aunque con ello estuviera cometiendo un delito. Me puse una GoPro y me preparé. Estaba loco, lo sé. No entiendo cómo fui capaz de hacer algo así… La gente se cuela cuando no hay nadie, no cuando se reciben visitas.
El corazón me iba a mil por hora, casi estaba temblando. Me quedé en la puerta esperando durante interminables minutos a que algo pasara, a que alguien subiese en ese ascensor de mierda y se dirigiese al ático. Ocurrió. No sé a qué hora de la madrugada, pero ocurrió. Alguien, muy bien vestido y que no reconocí, subió el tramo de escaleras que tanto detestaba y llamó a la puerta. Yo ya había salido de mi casa y subía a hurtadillas. Escuché algo que dijo el visitante, algo en plan clave. Como una contraseña para poder entrar.
Ricardo cerró y, como supuse, no echó la llave ni nada. Era mi turno. Pegué el oído a la puerta y efectivamente, los pasos se alejaban. Rápidamente eché mano de mi tarjeta de la seguridad social y forcé el pestillo. La puerta se abrió generosamente. Estaba hiperventilando y me fallaban las piernas. Sofía, a todo esto, no tenía ni idea de mi plan porque sabía que iba a negarse.
La casa parecía la de una persona normal, al menos al principio. Digamos que lo que se veía desde la entrada era una especie de atrezzo, pensado supongo por si recibía visitas como la que yo le envié al comienzo de todo esto. La casa parecía que no había sido reformada pero estaba limpia. La entrada estaba iluminada con una luz tenue y cálida. A partir de ahí, todo era penumbra. Dejé la puerta entreabierta y avancé agachado, como si fuera una especie de espía o algo. Lo que estaba a punto de presenciar iba a cambiarme la vida. Aviso que a partir de aquí y hasta el final, se recomienda discreción ya que puedo herir sensibilidades.
Según se entraba a la casa, había un pasillo. A la izquierda estaba una pequeña cocina y en el lado derecho había dos puertas que eran dos habitaciones. Al lado de la cocina había un baño y si se seguía por el pasillo se llegaba al salón. Ricardo y el otro tipo estaban en el salón. El otro tipo no paraba de hacer preguntas en plan «¿pero seguro que funcionará?» y cosas así. Con cuidado quise entrar en la primera habitación, la que estaba frente a la cocina. Giré el picaporte, poco a poco, con suma lentitud. Cuando ya no podía más, empujé la puerta. La luz de la luna iluminaba la sala propiciando un ambiente casi onírico. El lugar era pestilente. Se mezclaba un hedor a heces con podredumbre que no sería capaz de describir con propiedad. Contuve el vómito como pude, pero no me fue posible contener el horror que me recorrió el cuerpo. Hacinados como animales vi en unos transportines bastante grandes y cerrados con candados, varios niños. Estaban desnutridos, famélicos y con los ojos llorosos. El hedor venía de sus propias jaulas, cubiertas de heces, orín y vómitos. En cuanto entré en la habitación, todos trataron asustados de alejarse de mí. Tenía que llamar a la policía, y decirles que viniesen echando leches.
Metí la mano en mi bolsillo y… ahí no había nada. Me lo había dejado en casa. En cualquier caso se había terminado la incursión, iba a irme de ahí, me inventaría cualquier cosa para que vinieran. Que habían violado a mi mujer o algo, me daba igual. Pero Ricardo tenía otros planes. El diálogo que tenía lugar al final del pasillo poco a poco se fue acercando. Escuché un «¡has dejado la puerta abierta?» seguido de un portazo. A mí me dio tiempo a cerrar la puerta de la habitación y echarme a un lado. El otro tipo insistió en que él la había cerrado y volvió a lo suyo. Hablaba de acciones, valores en bolsa y cosas de esas que yo la verdad no entiendo. Ricardo contestaba con desdén que sí, que funcionaría. ¿Qué coño funcionaría? ¿A qué se dedicaban aquí, a violar niños? Me acerqué a los chiquillos asustados y les dije que todo iba a salir bien, que les iba a ayudar. Con el mismo cuidado con el que entré en la habitación, salí. Estaba ya en la puerta de entrada cuando descubrí que no tenía escapatoria. Ricardo había echado la llave. Estaba encerrado con esos maníacos. Solo podía esperar a que terminase la función, así que armado de valor me dispuse a grabar todo lo que viese. En la cocina no llegué a entrar pero algo pude ver… y oler. La peste era mucho peor que la de la habitación. El ambiente ahí dentro estaba cargado, hacía calor y montañas de vísceras en descomposición parecían amontonarse sobre una mesa.
Estaba mareado. Mareado del ambiente infernal en el que me había metido, mareado de pensar en todo lo que estaba descubriendo y sobre todo, de saber que eso había estado ocurriendo sobre mi cabeza durante todo este tiempo. Continué por el pasillo y abrí la segunda puerta. Ahí había otro transportín, igual de grande pero cerrado con cadenas. Cerré la puerta de la habitación por si Ricardo pasaba otra vez por ahí y me acerqué a ver qué era lo que se encontraba encerrado. Parecía un niño, y digo parecía porque la poca luz que había no me dejaba ver bien. Tenía el cuerpo de un niño, o niña, de unos cinco años. Pero la cabeza… Santo Dios… No sé qué coño le habían hecho. Era algo monstruoso e inenarrable. La piel era semitranslúcida y viscosa. No tenía pelo, ni ojos o nariz. Solo la boca. Se notaba que le costaba respirar. Me puse a llorar.
Estuve a un segundo de que Ricardo me pillase. Tuve la suerte de que escuché los pasos cuando iba a irme de ahí. Me escondí tras la puerta y la oscuridad hizo el resto. No me di cuenta hasta ese instante de lo mal que olía Ricardo. Hace unos días describí el olor que emanaba de su casa como el de un mendigo del metro, pues esto era de lejos lo peor que había olido en mi vida. Le escuchaba respirar por la boca como un cerdo, y cada vez que exhalaba aire podía sentir cómo echaba un aliento repulsivo y ácido. Las lágrimas me caían por las mejillas al tiempo que trataba de no ser descubierto. «Este es el precio de tu éxito. No es fácil dominar el Grimorio de los Reyes», le dijo Ricardo al visitante.
DESENLACE
Ambos cogieron la jaula transportín donde estaba la pobre criatura y la cargaron fuera de la habitación. El corazón me dio un vuelco cuando escuché el sonido metálico que no me había dejado dormir durante incontables noches. Venía de la habitación donde los niños estaban encerrados. Desde mi escondite escuché las pesadas pisadas de Ricardo avanzando hacia ahí y susurrando que quien se atreviese a dar el siguiente golpe, sería el próximo. Los niños comenzaron un concierto terrible de lamentos, lloros y toda clase de quejidos lastimeros. Esperé a que Ricardo volviera al salón antes de pensar qué hacer. Maldije el momento en que me había metido ahí, maldije el día en que decidí involucrarme en todo eso. Joder, iba a morir ¿y por qué? Esa pregunta me hizo replantearme las cosas. Si iba a palmar, que fuera por una buena causa. Iría a la sala de estar y grabaría con todo lujo de detalles lo que estaba pasando.
Me puse manos a la obra, sin dejar de pensar en qué diría Sofía si supiera todo esto, o cuánto tardaría en enterarse de que la había palmado. Avancé por el pasillo con sumo cuidado mientras Ricardo continuaba hablando del libro que había mencionado antes, el Grimorio de los Reyes. Decía que había decenas de “recetas” (así lo llamaba él) en el viejo manuscrito y que las que él dominaba no eran nada comparadas con otras muchas incluidas. No obstante, él se había especializado “en esa”. No llegó a especificar más. Pero por lo que llegué a entender, hacía falta un niño o una niña, que debía pasar por un proceso de transformación que duraba varios días. El resultado era el ser que llevaban en el transportín.
Cuando puse asomarme al salón, cobijado por la oscuridad del umbral, contemplé algo que desearía no haber visto jamás. En la sala de estar, que estaba llena de muebles viejos cubiertos de polvo, había una serie de dibujos en el suelo y un sinfín de velas dispuestas por doquier. No me lo podía creer. El cliente de Ricardo, por llamarlo como lo que era, estaba fascinado. Ricardo abrió un cajón y sacó una cajita que parecía de madera. El crepitar de la luz no me permitía ver todo lo nítidamente que me habría gustado, pero de lo contrario pienso que sin duda me habría vuelto totalmente loco y no habría medicación que pudiera ayudarme.
De la pequeña caja, mi vecino sacó una daga ceremonial. Dijo algo de que obtendría el favor de “los antiguos”, el beneplácito de “los que viajan entre los libros” y la gratitud de “los que viven en la Onírisis”. Para conformar el pacto, el cliente debía comprometerse. Ricardo solo sería su guía. El tipo que había encargado eso pareció desconcertado y le preguntó si todo eso solo lo hacía por veinte mil tristes euros. Ricardo dijo que obtenía mucho más, pero eso era cosa suya. Le dijo que cogiera la daga y se hiciese una incisión en la palma de la mano. Tenía que dejar caer unas gotas de sangre en un lugar concreto, y más tarde impregnar la cabeza del niño con ella.
El pobre chiquillo estaba acurrucado en el centro de la sala, sin decir o hacer nada. El cliente puso la sangre sobre la cabeza tal y como le había dicho Ricardo, y entonces el niño se contorsionó como si le hubieran tirado a unas brasas. Mi vecino entonces comenzó un recital ininteligible que me parecía imposible de pronunciar y cuya mera escucha me provocó náuseas y dolor de cabeza. Las velas del centro se fueron apagando poco a poco, y las demás se tornaron azules. «Ya viene», dijo Ricardo. Yo me aferraba al marco de la puerta con tanta fuerz que me hice daño en las manos. El cliente preguntó quién venía, y el viejo Ricardo respondió algo que no sabría cómo pronunciar, pero hasta él pareció estremecerse.
El niño se tranquilizó, se quedó como sentado y empezó a cantar la canción que como dije, se parecía a Lili Marleen. El ambiente en el salón cambió radicalmente. Hasta ese momento era todo horroroso, pero se sentía de este mundo. A partir de ese instante, tuve la sensación de que dejábamos atrás el plano de la realidad misma. Tuve tanto miedo, que quise morir. Es una sensación que no le deseo a nadie. Mientras el niño continuaba cantando, su cabeza blanquecina y viscosa comenzó a brillar en un tenue tono rojizo provocado por la sangre. Un ruido gutural que jamás había escuchado sonó en la lejanía, más allá del tiempo mismo. La temperatura de la sala cayó de golpe y de la boca del niño comenzó a emanar un humo carmesí.
«Arrodíllate», dijo Ricardo predicando con el ejemplo. Después continuó recitando algo que no podría describir. El humo tomó forma antropomorfa, pero con rasgos monstruosos. Era algo con cuernos, terriblemente corpulento, portador de muerte y furia. «Dile lo que deseas», susurró Ricardo. El cliente pidió que sus acciones subieran de valor, y el ser del humo lanzó una carcajada. Ricardo dijo algo que no entendí y que el cliente no se tomó demasiado bien. Le insistió en que él solo era un guía. El cliente tomó la daga y se la clavó al niño en la cabeza, le tomó por el hombro con la otra mano y deslizó la hoja por todo el cráneo. La sangre empapó la sala al tiempo que un grito inhumano hizo que los cristales retumbasen.
«¿Ya está?», preguntó el cliente. Ricardo contestó que sí, que del resto se encargaba él. Yo no me lo podía creer. Miré a mi GoPro y deseé que se hubiera grabado todo, o de lo contrario jamás me creería nadie. La realidad volvió a mí como una tempestad, y caí en la cuenta de que estaba en medio. Tenía que volver a esconderme antes de que se marchase el cliente. Me arrastré hasta la habitación donde estaban los niños encerrados, pues pensé que ahí no entraría nadie y esperé. Los pasos fueron acercándose a la puerta de entrada. Yo estaba agazapado una vez más. Ricardo dijo que el trato estaba sellado, que él había cumplido con su parte y lo que fuera la bestia que invocaron cumpliría con la suya. El cliente estaba contento. Le había parecido un regalo. El viejo reía.
Cuando por fin se marchó, el silencio fue dolorosamente real. Los pasos se volvieron a alejar hacia el salón. Era mi momento. Les dije a los chiquillos que traería ayuda y abrí la puerta. Ante mí, estaba la salida. Tenía material suficiente para encerrar a ese malnacido y ayudar a los niños. Iría directamente a la comisaría y enseñaría las grabaciones. Solo había un problema, uno realmente grave… Ricardo había vuelto a echar la llave. «¿Y ahora qué?», me pregunté. Sin tener muchas opciones fui hacia el salón. Por el camino pude escuchar a Ricardo hablando solo. No voy a tratar de transcribir lo que dijo, porque me pareció terrible. El cliente tenía razón, eran muchas molestias, mucho ruido, por 20.000€ Tenía tantos niños secuestrados en su piso que cualquier día daría con sus huesos en prisión de por vida. Pero entonces entendí qué ganaba él. Pude ver cómo Ricardo tomaba el cadáver destrozado del ritual y comenzaba a devorarlo frenéticamente entre eructos y ruidos repulsivos. Aquello me superó. Era demasiado. Estuve a punto de desmayarme, ni siquiera yo sé de dónde saqué las fuerzas para hacer lo que hice. Recuerdo que recorrí el pasillo sin parpadear, fui hasta la cocina, tomé un cuchillo y entonces grité. Grité con todas mis fuerzas, grité como nunca había gritado. Y corrí. Corrí hacia ese desgraciado, hacia ese monstruo y le metí tantas puñaladas como me fue posible. Perdí el conocimiento.
Los gritos alertaron a mi mujer, que llamó a un vecino y lograron tirar la puerta abajo. El panorama que se encontraron fue dantesco. Pero por suerte ellos no abrieron la puerta donde estaban los niños. Llamamos a la policía, contamos lo ocurrido, y esta vez sí que se dignaron a enviar un coche patrulla. Les expliqué todo lo sucedido, les conté lo que había visto y que todo estaba grabado en la cámara. Pero cuanto más contaba lo ocurrido, más veía cómo ni mi mujer se creía lo que contaba.
La noche transcurrió con un ir y venir constante de coches patrulla, ambulancias y demás. Aquello era algo que nunca se había visto. No sé a cuántos niños tendría secuestrados Ricardo, pero no me podía quitar de la cabeza el horror que había visto. Lo que pasó después de aquello es difícil de explicar. El chico que había entrado con Sofía se mudó, sabe Dios a dónde. ¿La grabación? Cuando entregué la GoPro resulta que se rompió cuando fui a por Ricardo con el cuchillo. No presentaron cargos contra mí, y nunca salió nada en las noticias. Supongo que los niños volvieron con sus padres. Yo sueño cada día con ese piso, con esa silueta oscura y me pregunto cuánto desconocemos del mundo en el que vivimos. Cuántos horrores esconde y cuántas pesadillas alberga la vigilia, escondidas para bien de nuestra razón. Lo que espero es que ese sonido metálico, ese «clanc, clanc, clanc…» termine algún día.
