«Eres una maldición que gusta cuando hiere. Porque contigo no se vive, pero sin ti uno se muere.»

Antes de comenzar…
Esculpí Rêveur en 2021. Es difícil hablar aquí acerca de escribir, porque lo que pasó fue que ya estaba escrito. Son un conjunto de entradas que hice entre 2011 y 2013 en mi blog Al filo del Abismo. Entorno a 2015 y 2017, pasé por una etapa donde no lograba conectar con mi escritura. Repasando —y anhelando— mi antiguo blog, me puse a releer entradas. Y descubrí que muchas ellas, al final, expresaban de cierta manera aquello por lo que estaba pasando: La pérdida de mi inspiración.
Rêveur es precisamente una oda sobre la necesidad que tenemos las personas creativas de seguir haciendo lo que hacemos. Como válvula de escape, como forma de regulación emocional e incluso, como una suerte de necesidad fisiológica del alma.
Creo que no gusta tanto como merecería, pero es un relato que me encanta porque salió de lo más profundo de mi corazón en un momento donde no podía sacar nada.
(En la mitología griega, Érato es la musa de la poesía romántica y protectora del amor.)
1. Érato
Rêveur, intento despertarme leyendo una y otra vez los bailes literarios que una vez escribí, que sentí y que fui capaz de crear gracias a ti. Tengo la escritura atrofiada, la inspiración adormecida y el alma despiezada por alguna razón que no alcanzo a comprender. Y en esa desmotivación donde mi mente ya no logra componer, descubro que la prosa empieza a sonarme bien… Comienzo a recordar esa curiosidad, ese no parar. Las ganas de vivir y de escribir vuelven a mí con la musicalidad que no debí dejar atrás. Y noto cómo se mueve. Cómo va y viene ese vaivén de palabras que para bailar no necesitan ni rimas ni versos. Tan sólo los restos activos de una juventud inquieta que se agrieta para lanzar al aire la prosa más hermosa que ha salido de ti, mi pluma.
Y con dulzura te digo, que a la nada se ha ido ese sonido que me ha confundido, que me ha hecho dudar de todo lo que has leído. Recuerdo que la vida tiene sentido, que hay una melodía viva que afina el alma y deja en calma el día a día que una vez quise tirar al mar. Que no por dejar de amar se pierde el amor por la vida. Yo no quiero dejar de luchar codo con codo por los sentimientos que aún no me has arrebatado.
(El «scherzo» o escarceo es el nombre que reciben ciertas obras musicales. Significa «broma» en italiano. La palabra «scherzando» se coloca en la notación musical para indicar que el pasaje debe tocarse de manera juguetona o graciosa)
2. Scherzando
Vamos a escribir la sinfonía más bonita del mundo. No tengo orquesta, no hay violines, no hay violas ni contrabajo ni trompetas ni clarines. Sólo tengo el latir de mi corazón que va y viene presto. Marca el ritmo de la canción y si estás tú, dirige con más ilusión. No tengo partitura, ni tengo estribillo. Tampoco tengo batuta, solo me guía el brillo de sus ojos.
Los miro y me inspiran un vals al verlos bailar entre las esmeraldas y el ámbar. Reconozco que no estoy seguro de si me ama… Llamo al director a la calma porque no quiero que se estropee el concierto en la obertura. Créeme si te digo que siento el ritmo de mi latir en su ternura. Me «sereno», «derrito» y «allegro» en su presencia, y me «stretto», «irrito» y «ritenuto» con su ausencia.
Lamento susurrarte que por más que intento dominarlo, ella me ha «rubato» el corazón con un «andante». Ahora espero inquieto, en un «adagietto» a que se me escape un te quiero. Yo te digo, en «andantino», que ella es lo más bonito que me ha pasado en la vida. Acabo ya, «rallentando» la escritura, anhelando su hermosura y «a tempo» para decir, por última vez, que su voz es el concierto más maravilloso que he podido oír.
3. Más allá de los Alpes del Cielo
Tú conoces ese sitio mejor que nadie, mi Rêveur: Los Alpes del Cielo. Cada vez que estoy ansioso, cada vez que la realidad se posa sombre mí dejándome tembloroso, cada vez que no puedo avanzar, cierro los ojos. Y dejo que esa guitarra que resuella a lo lejos me guíe a donde nadie ha llegado jamás. Sabiendo que cuando llegue, todo seguirá igual.
Despierto entonces en esas montañas de la Onírisis que no tienen final: Los Alpes del Cielo. Donde las tempestades no tiran árboles ni quebrantan huesos. Donde atardeceres sin fin dejan paso a noches estrelladas donde la luz de la luna inspira historias jamás contadas y la nieve no enfría el alma.
En lo alto de una de esas colinas, sobre un bosque de abetos y cedros, a los pies de un lago, está mi refugio. Una pequeña cabaña que nadie más conoce y a la que nadie puede llegar por mucho que lo intente. Es pequeña y acogedora. Siempre me espera con las luces prendidas y la chimenea encendida. Aguardando mi llegada con una paciencia infinita. Ahí te encontré. ¿Lo recuerdas, Rêveur? En ese hueco bajo la escalera donde se amontonaba una discreta pila de libros en blanco, esperando a que juntos los llenásemos de historias.
Bajo ese atardecer interminable, bajo ese cielo anaranjado de nubes rosadas, con el sol cansado pero contento, ahí le diría que se quedara a mi lado. Que se paren los relojes, que no pienso decirle adiós. Porque entonces nos tocará volver a subir el Sol. Y el tiempo deberá correr otra vez hasta que volvamos a encontrarnos. Y esperaré lo que haga falta para poder llevarle a esas montañas que nunca acaban, donde todo lo que importe sea absolutamente: Nada. Ya sabes, Rêveur, que ahí no hace ni frío ni calor, que no hay llanto ni dolor. Dejaremos pasar las preocupaciones y será nuestro rincón, nuestra fortaleza contra cualquier guerra. Quiero compartirlo con ella.
Estaba decidido o al menos eso pensaba. El día, por el contrario, se mostraba tranquilo; luciendo una tarde apacible bañada por los últimos rayos de sol. Recordé lo que te dije: «Bajo ese atardecer interminable, bajo ese cielo anaranjado de nubes rosadas». Entonces le pregunté, embobado, qué le había parecido ese paseo en barco. Mi interior me golpeó: No podía titubear. Tenía que mostrarme serio e impasible. Sin embargo, había fallado. No sabía en qué… Pero seguro que pensaba que era un idiota.
Nada de eso. Sonrió.
«No lo cambiaría por nada del mundo», dijo.
Cuánta razón tuvo Séneca al decir que los ojos eran los delatores del alma. Me tenía con la boca seca, hipnotizado por el ámbar que lucían sus esmeraldas. Su pelo pese a ser moreno se veía vivo en la oscuridad de su semblante. Se mecía en un bucle incesante por culpa del leve viento, que lo balanceaba en un susurro ahogado. Y fui a decirle algo. Ese no sé qué que solo tú sabes. Se lo debía. Pagué mi deuda. Y me llenó de besos.
4. Aurora
La luz de la mañana se tamizaba furtivamente a través de la ventana y lo bañaba todo en un tenue tono dorado. Podía escuchar los pájaros cantando a lo lejos con un pie aún en el reino de Morfeo. Y podía sentir el mecer de los árboles al viento. Me abrazó un embriagador sentimiento de juventud cuando reparé en el césped recién cortado. Hacía calor, porque era verano, pero a la vez sentía una suave brisa entrar por la puerta.
Eras tú, por fin despierta. Y te vi con esa mirada. Esa mirada que me enamoró, esa mirada que me condenó a ser esclavo de tu corazón hasta el día de mi muerte. Entraste, me miraste y sonreíste. Con esa sonrisa única, esa sonrisa que se te escapaba cuando nada más te importaba. Cuando todo lo que existía éramos solo nosotros.
Y me besaste.
Con uno de esos besos que jamás experimenté con nadie más. Esos besos que delataban cuánto me querías y que se te escapaban cuando nada más te importaba. Yo podía sentir que estaban hechos a mi medida, y que por ello estaríamos juntos toda la vida.
Tras el beso me diste los buenos días con esa voz… Esa voz tan dulce, esa voz rebosante del mañana, de amor… Compuesta por cariño, por alegría y por un no sé qué que todavía hoy queda balbuciendo. Te deslizaste a mi lado y me abrazaste. Y de nuevo no importaba nada más. ¿Qué iba a importar si me querías?
Me dijiste…
En ese momento me dijiste que no dijera nada. Que si podía oír el silencio. Y es que contigo podía oírlo y no importaba. Y de nuevo me besaste, y de nuevo no importó nada más. Por primera vez, aquel día me abrazaste y mediste los buenos días con esa voz tan dulce. Por primera vez entraste, me miraste y sonreíste. Y aquel día, más que ningún otro, no pude soñar con nada mejor que mi propia vida. Contigo ahí, a mi lado, decidí no romper el silencio. Y te dije…
En la mitología griega, Perséfone es la diosa de los muertos.
5. Perséfone
Un escritor sabe cuándo encuentra a buscaba, porque entonces su alma se calla. Ya no puede escribir más, porque es incapaz de describir todo lo que siente. Quizás por eso, mi querida Rêveur, aquel día tú tenías los ojos llorosos y yo la mirada perdida. Tú no querías despedirme. Yo no creía que lo haría. Pero la realidad era que ahí estábamos los dos, encogidos en el corazón y separados por una distancia insalvable.
Me soltaste, Rêveur.
Y se hizo la eternidad.
Y no pude olvidarme de ti.
Si solo pudiese detener el tiempo para que pudieses alcanzarme… Si solo pudiese alargar la mano una vez más… Si pudiese parar el segundero un minuto para poderte sostener por un instante… Te llevaría más allá de los Alpes del Cielo; te sentiría más allá de un verso sincero; te contemplaría más allá de un simple parpadeo; te escribiría más allá del paso del tiempo. Si sólo pudiese detenerme un instante… Podría terminar esas líneas que una vez empezaste.
Me giré para ver cómo te alejabas. Sonreí al verte marchar más allá de los Alpes del Cielo. Y te deseé lo mejor. Porque estaba seguro de que nuestra distancia sólo podía servir para que encontrases a alguien a quien pudieras inspirar como me inspiraste a mí. Así lo esperaba. Y así fue cómo logré separarme de ti.
6. Vuelta atrás
En aquella tundra, donde incluso el hielo moría, pude verte de nuevo. Tan cálida, tan viva… Me estremecí y me alegré, y aquella tinta púrpura que un día sangraste me envolvía. Su olor a pasado, germinó con tales ganas de devorar el futuro, que floreció. Y dejó ver un verde tan vivo y floreciente… En aquel sitio, en el más inesperado, fue donde te encontré otra vez. Desesperado, triste, muriendo…
Te cogí una vez más, y poco a poco salí del Abismo y llegué a donde tú sabes. Era una cabaña, un refugio en la nieve. Mío. Único. Sólo yo tenía la llave que lo abría, y sólo yo sabía cómo girar el pomo para dar paso al interior, tan cálido, tan anaranjado. Desde dentro no se podía ver nada fuera… Tenía unas ventanas pequeñas y negras.
Te llevé conmigo. Te dejé entrar… Y lo amueblé de nuevo, volviendo a ser mío. Me miraste aquella mañana. Los violines sonaban lejanos, y la guitarra acompañaba en un bucle tan bello que era incansable. Cada vez era más fuerte, más apasionado, y más alto. Y pedía más vida, y más fuerza, y más energía. Nunca cesaba y, pese a estar crescendo, nunca se oía más alto. Titubeé.
Y salí…
Y corrí…
Y corrí…
Y corrí tanto, tanto… Que di la vuelta, y volví a ti.
7. Sin ti
No hay mañana, amiga mía.
8. Epílogo
Rêveur… Esa fue la última vez que te dije adiós. Esa fue la última vez que eché de menos tu tinta púrpura, tu cuerpo de ébano y marfil, tus susurros en mi corazón, y tu presencia en mi mano izquierda. Ahora pasan los días… Pasan y no vuelves al presente. A veces siento que no hay forma de huir de la muerte. ¿Yo? Todavía sueño. Porque soñar es añorar lo que no tienes: Un refugio en la mente como consuelo último para poder sentir lo que no puedes alcanzar realmente. Dicen que, a buen entendedor, pocas palabras bastan. Pero a mí no me bastaba con decir un simple te quiero. Necesito escribirlo para guardar el recuerdo, necesito atesorarlo ya sea en prosa o verso.
Recuerdo que el reloj estaba a un minuto de la medianoche. Tú estabas ante mí, con la vista cansada y una sonrisa que ya te costaba mantener. «¿Dónde has estado?», me preguntaste. Me encogí de hombros y mi corazón se rompió. «Por fin te encuentro», contesté.
«Me encontraste», y volviste a sonreír. «¿Pero por qué tuviste que esperar?» Miraste el reloj. Te encontré muerta y dormida, como el día en que murió la poesía, y repetiste tu pregunta: «¿Por qué tuviste que esperar?» Insistí: «Te he encontrado».
«Pero te he estado llamando. Durante años, y años, y años, y años… Y jamás contestaste a esos sueños que escribí en tu corazón. Jamás respondiste a esas historias que dibujé en la imaginación que un día compartimos». Lloraba, porque comprendí que no podía parar el reloj, y ya iba a marcar la medianoche.
De ébano y marfil, ¿de qué si no estarías hecha, mi querida Rêveur? Porque en ti vivo, sin ti muero y contigo escribo. Estrechas mi corazón y enalteces mi alma. Ahora callas, guardas un silencio que duele, me vacía y me hiere. Y con un susurro, el último que pudiste dedicarme, dijiste que volviera a empezar.
9. Obertura
Avanza.
Sueña.
Sonríe más.
Regálale una poesía.
Palabras porque sí; sin cortesía.
Aunque el mundo piense que no las merece.
A veces la realidad no es lo que parece y esconde mucho potencial.
Todos han olvidado que se puede amar y ser amados; que hemos nacido para no caer en el olvido y ser grandes.
Volvamos a ser los de antes que no se rendían ante la mínima adversidad; que cuando se caían luchaban con más intensidad, se levantaban y seguían ejercitando su talento como si nunca hubiesen fallado.
Es hora de resurgir de nuestras propias cenizas, de emprender el vuelo una vez más y hacer trizas el «yo no puedo».
Limitar nuestras metas es la mayor atrocidad que podemos cometer como seres humanos.
No amordaces tu mente, que no se callará.
Estamos condenados a no pararnos.
A tener que escucharnos.
Sal fuera.
Avanza.
Sueña.
(Del francés. Soñador/a.)
10. Rêveur
De golpe el corazón volvía a latir. De golpe los pulmones volvían a respirar. De golpe los ojos se volvían a abrir. De golpe el alma volvía a amar. Hacía frío. Alrededor tan solo existía la gélida piedra que conformaba el ancestral sarcófago en el que descansaba… inerte.
La enorme losa se deslizó… suavemente. Pavorosa, se dejó caer contra el suelo del mausoleo. El tintineo de las velas esculpía el panteón, dejando entrever los ramos que un escritor moribundo depositó tiempo atrás. El suelo yacía lleno de hojas arrancadas. En las paredes, fotografías se arriesgaban a ser olvidadas. Y él, postrado como estaba, buscaba su Rêveur.
Había, ante aquel lugar de espanto, un pequeño pedestal lleno de rosas. Lenta y melancólicamente se acercó a ellas. Estaban frescas. Y en medio se encontraba, tan delicada como siempre, llena de vida y muerte, una pequeña pluma hecha de ébano y marfil. En un costado, de perfil, podría leerse, con suerte, un sencillo nombre: Rêveur.
Y, ¡ay de aquel que logre tenerte! Pues eres una maldición que gusta cuando hiere. Porque contigo no se vive, pero sin ti uno se muere.
Por eso te tomé en mi mano izquierda. Aún brillabas. Pude ver cómo una gota de tinta púrpura caía de ti. Te pregunté cuánto tiempo había pasado. «Algo más de dos años», dijiste. ¡Ay, vieja amiga! Respiré por última vez el cargado aire de aquel lugar y tras subir las escaleras, salí. Amanecía. Me volví y sobre la puerta, cubierto por el musgo, había un mensaje:
«…no romperán árboles. No quebrarán huesos.»
Sonreí. Los Alpes del Cielo se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Y no muy lejos de allí estaba el Santuario. Salía humo de la chimenea: Me esperaba. El hueco bajo la escalera estaba intacto, como el resto del lugar. Me senté sonriendo y me fijé en los libros del estante, al lado de la pequeña ventana. El último estaba en blanco. Sin dejar de sonreír lo abrí, eché un último vistazo al exterior y, como una vez susurraste, empecé otra vez:
