Zeppelin

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Portada de Zeppelin
Zeppelin

Introducción

Escribí Zeppelin originalmente en 2011. Lo que hay a continuación es una revisión que hice en 2013 para mi blog personal. La historia es la misma, aunque en la original ciertos personajes eran ligeramente diferentes porque formaban parte de una novela que estaba preparando. Para esta versión los reescribí y son una suerte de prototipo de Marcus Howes y Elena Copley. Ambos, personajes de Kurnalath – El bosque fuera del tiempo. A día de hoy no tengo claro si este relato forma parte del canon de mi universo literario o no.

La historia es una especie de fan fiction que mezcla La llamada de Cthulhu, de H. P. Lovecraft y el anime Jigoku Shoujo. De hecho, el título original del relato era: «Zeppelin (地獄の天使)». Lo que está en japonés significa (en teoría) «Jigoku no Tenshi» o «Ángel del Infierno».

1. Hanami

Akari no podía estar más contenta: Aquel había sido su mejor año con diferencia. Además acabó el curso como la mejor de la clase, y tras dos semanas de vacaciones, quería empezar con la misma fuerza. Como era habitual a finales de marzo, el Parque Ueno de Tokio se encontraba bañado por el colorido de las Sakuras. El sol brillaba alegremente y la gente paseaba en familia.

La joven había quedado al mediodía con Shinju, una compañera de clase, para comprar ropa y, como todos los demás, maravillarse con el paisaje. Tomó una bocanada de aire y se sentó en el césped. Dentro de poco la tranquilidad de las vacaciones acabaría y tendría que ponerse a estudiar. Se distrajo viendo jugar a unos niños, corriendo de aquí para allá entre risas. Fue justo el momento en que alguien la saludó:

—¡Akari!—dijo una voz alegre. La chica se dio la vuelta sobresaltada.
—¡Haru-chan! —Se levantó y abrazó a su compañera de clase— ¡Qué alegría verte!
—¿Qué haces aquí? ¿Qué tal las vacaciones? ¿Conociste algún chico? ¡Ponme al día Akari-chan!— preguntó apresuradamente sin soltarla.
—He quedado con Shinju para pasear y comprar. ¡Las vacaciones muy bien! —Sonrió— ¡Fui a Italia unos días y…! —Se paró a pensar— ¿Cuál era la otra pregunta?— dijo mientras se separaban.
—¡Si conociste algún chico! —respondió alegre—. Akari dejó escapar una pequeña risa.
—¡Ahhh…! ¡Ya te contaré! Y espero que me cuentes tú también, ¿eh? Por cierto, te llamé hace dos días para que vinieses hoy con nosotras pero tu móvil no daba señal, y en casa no lo cogían. —Se sentaron en el césped.
—Es que me robaron el teléfono y el fijo hace cosas muy extrañas últimamente. Deben de haber tocado algún cable fuera o algo. Ya avisó mi padre a la compañía telefónica.
—¿Te has ido de viaje?
—Fuimos a ver a mis abuelos al campo. Es un poco aburrido, pero les quiero mucho y ahí se descansa y puedo olvidarme del estrés de la ciudad. ¿Dónde estuviste de Italia? ¿Visitásteis Roma?
—¡Sí! Es muy bonita —dijo sonriendo—. Tengo que enseñarte fotos… ¡Y darte lo que te he comprado!
—¿Me has comprado algo?
—¡Claro! —Haru volvió a abrazarla mientras soltaba un extraño grito de felicidad.
—¡Akari-ko! ¡Haru-ko! —Era la voz jadeante de su amiga Shinju, quien venía corriendo— ¡Perdón por el retraso!
—¡Shinju-chan! —dijeron las dos amigas al unísono. Cuando por fin llegó a donde se encontraban, fue recibida con un fortísimo abrazo por parte de las dos.
—No te preocupes kohai, ¡nos has dado tiempo a Haru y a mí a ponernos al día!
—Bueno, en ese caso —sonrió— no me sentiré tan culpable. —Volvieron a sentarse en el césped.
—¿Dónde has estado tú, Shinju? —preguntó Haru—. ¿Qué ha sido de ti?
—¡Eso iba a preguntarte yo! Te llamé y te llamé y no daba señal tu teléfono.
—Es que me lo han robado… Gomen…
—No te disculpes por eso, Haru. Es que pensaba que te había ocurrido algo malo. Realmente me alegro muchísimo de verte, y más después de la historia que me contaron.
—¿Qué historia? —preguntó Akari.
—Veréis, he pasado estos días en Osaka, en casa de mi prima Natsumi y fue ella quien me lo dijo…
—Pero, ¿el qué? —Haru estaba realmente intrigada.
—¿No ha salido en las noticias? ¿Lo de esa pareja de Hirano-ku? No se hablaba de otra cosa allí.
—Yo he estado en Italia, y Haru perdida por el campo… Así que realmente no sé si se ha dicho algo. Admito que he estado bastante dejada de las noticias estos días.
—Bueno pues no sé qué habrá de verdad en esto. Mi prima Natsumi conoció a los protagonistas. Él, se llamaba Kenji y era un importante marchante de arte. Los vecinos decían que en su casa había cosas increíbles. Desde cuadros europeos muy caros hasta una Muramasa. Ella era una preciosa mujer americana, de nombre Vesper —Sus amigas se quedaron boquiabiertas—. El marido llamó a la policía para denunciar que su mujer llevaba horas desaparecida. Cuando la policía llegó, ambos estaban muertos en el salón.
—¿Qué ocurrió? —A Haru le encantaban las historias de ese tipo. Y esta pintaba bien.
—¿Habéis oído hablar de Jigoku no Tenshi?
—El enviado de Enma —respondió Haru—. Se dice que puedes hacer un pacto con él. Matará a quien tú quieras a cambio de tu alma.
—Eso es. La gente comenta que ha sido obra suya. Incluso dentro de la policía se dice —dijo Shinju. Un silencio anormal se apoderó del ambiente—. Yo he escuchado que arrastra ambas almas al infierno —susurró—. Se aparece casi siempre en forma de joven aristócrata, ataviada con un mofuku.
—¡Venga ya! —gritó Akari, rompiendo la atmósfera de terror que se había formado—. Esos son cuentos que se inventan para asustar a los jóvenes. Leyendas urbanas, ¡nada más! ¿Cómo puedes siquiera saber tú si la policía sospecha de eso?
—Toda leyenda tiene algo de realidad senpai —espetó Haru—. Y aunque no pienses así, deja que Shinju termine de contar la historia.

Akari guardó silencio mordiéndose la lengua mientras que Haru pareció sumergirse en aquella historia. Ya no veía las preciosas flores de los cerezos, ya no sentía el viento acariciar su rostro. No oía a los niños reír, ni olía el embriagador aroma del césped recién cortado. Todo había desaparecido en pos de aquella historia de terror. Desconocía qué era verdad y qué era mentira. Desconocía realmente si el Ángel del Infierno que se llevaba a sus víctimas al fuego eterno por el rencor de una sola, existía.

—La historia comenzó hace algunas semanas. —Prosiguió Shinju— Como dije, mi prima los conocía y me ha confirmado al cien por cien muchas de las cosas que os voy a contar. Sabe, por ejemplo, que sí que eran marchantes de arte. Que, como vecinos de Hirano-ku, no vivían nada mal aunque tampoco eran excesivamente pudientes. Me dijo mi prima que ejercían su trabajo con ética. Se alejaban de aquellos productos de dudosa procedencia, aunque no dudaban en ir ellos mismos a los parajes más recónditos para hacerse con extrañas piezas. Y fue una de esas piezas la que, por lo visto, causó todo el daño.
—¿Tu prima vio ese objeto? —preguntó Akari.
—No —respondió Shinju. Su amiga suspiró escéptica—. Pero es que tampoco ha entrado en la casa a cotillear. Se trata de una figura de arcilla, y se dice que uno de los detectives que llevó el caso enloqueció. Ese es el poder de tal objeto. Un vecino de mis tíos contó que había escuchado que en la comisaría tenían tanto miedo a la estatuilla que después de lo que le ocurrió a ese pobre desgraciado, el comisario le pidió a un hombre ciego que la guardase en una caja de madera.
—¿De dónde sacaron la estatua? —esta vez quien preguntaba era Haru.
—De un viaje que hicieron a Brasil. Se sabe porque iba a comprarla un famoso empresario —Shinju entonces había conseguido la atención de sus dos amigas. Y se dispuso a contar la historia.

2. Sensaciones

Las gotas golpeaban la lucerna rompiendo el silencio de la madrugada. Vesper levantó la mirada hacia el tragaluz. Aún era de noche. Se giró hacia el despertador y comprobó que faltaba un minuto para que sonara. Entonces serían las seis de la mañana. Al otro lado, la cama estaba vacía: Su marido Kenji ya se había levantado. Posiblemente había bajado al gimnasio del hotel.

Vesper se había despertado con una extraña sensación en el pecho. A decir verdad, siempre había sido una chica algo supersticiosa pese a que su padre, de origen inglés, le había enseñado a tener un punto de vista escéptico ante todas las leyendas y mitos que pueblan el mundo. Fue su madre, japonesa, quien le contaba desde pequeña esas historias de los Yūrei, Yuki-onna, Gakis, Tsukumogamis y otras criaturas que siempre poblaban su imaginación. Inevitablemente la muchacha terminó siendo una experta en mitología japonesa. Había que añadirle el hecho de que había nacido y crecido en el Estado de Washington, un lugar donde leyendas como el Bigfoot estaban aún presentes con mucha fuerza. Al final, acabó convirtiéndose en una chica que pasaba más tiempo en el mundo de los cuentos que en el mundo real.

Se incorporó, suspiró, fue al baño y se miró al espejo. Sentía que aún no se había desprendido de sus experiencias oníricas; que los fantasmas de sus sueños seguían en la casa y en el aire. Encendió la radio para desconectar de todo aquello. Se lavó la cara y se miró nuevamente al espejo con las gotas resbalando por sus mejillas. «¿Qué te pasa Vesper?», se decía. «¿Por qué esta angustia?»

Volvió al dormitorio. La voz de la emisora se perdía en los azulejos del cuarto de baño, y aunque no entendía portugués, rompía con el incómodo silencio que reinaba en la suite del Hotel Copacabana Palace. Podía oír un eco melodioso, lejano, como una voz cantando. Una voz que parecía tararear su nombre en una distancia inalcanzable. Daba la sensación de ser su marido. En el techo, la lluvia continuaba cayendo. Parecía el comienzo melancólico de alguno de esos shōjo de terror que tanto le entusiasmaban. Se tomó un tiempo para pensar qué ponerse mientras se distraía una y otra vez con los manga que quería leer.

Abrió el armario y fue directa a por un pantalón blanco y una blusa azul. Le habría gustado ir de rojo, ya que su nombre le evocaba ese color, pero si pretendía ponerse un pantalón blanco tenía que evitarlo. Odiaba esa combinación. Ropa colorida. Seguro que así se animaba. Se dirigió a la ducha intentando distraerse, pensando en la última vez que había estado en aquel hotel. Fue hace un par de años, y desde luego el ático no estaba tan bien aprovechado como ahora. La idea de escoger una suite con claraboya había sido todo un acierto.

Entretanto, Kenji entrenaba con fuerza. Iba a ser su gran día tras unos meses de relativa calma comercial, y la adrenalina corría por sus venas como nunca. No se encontraba un ídolo de arcilla bien conservado todos los días, aunque la noticia llamaba a la prudencia como bien le había dicho su joven esposa el día anterior. Lo cierto era que lo que Vesper tenía de supersticiosa también lo tenía de prudente. «¿Una figura de arcilla en el Amazonas?» Una duda razonable que por un lado le hacía dudar de la originalidad de la pieza y por otro le cautivaba con más fuerza. No le impedía soñar pese a saber que las culturas amazónicas no usaban arcilla. Aún no sabía si lo vendería o le seduciría de tal manera que se lo quedaría para su propia colección.

El olor del café importado de Colombia, que se filtraba desde el restaurante, impregnaba el ambiente. Para Kenji todo estaba siendo perfecto. Repasaba una y otra vez la agenda del día para que siguiese siendo así. Le perdía ir al otro extremo del mundo a por piezas de arte. Sin duda, estaba enamorado de su trabajo. Viajar, encontrar piezas, admirarlas y luego negociar con los clientes —que en muchos casos eran también sus amigos— era ciertamente su pasión.

Vesper salió de la ducha y se arregló lo justo. No tenía el hábito de maquillarse y ese día no sería una excepción. Había algo en todo aquello que no terminaba de gustarle. La estatuilla había sido encontrada en un pueblo fantasma. Lo desconcertante era que el lugar siempre había estado habitado. Ramón, un hombre que rondaba los cincuenta, era su contacto y quien les había contado cómo repentinamente el poblado había pasado a estar vacío. De un mes a otro. La joven se estremeció. Ancestrales deidades invadían los pensamientos de la muchacha; protagonistas de antiguos relatos recorrían su mente y un miedo infantil emergió de las profundidades de su subconsciente. Tragó saliva y con un nudo en el estómago bajó al restaurante.

Su marido se encontraba cambiándose para ir a desayunar. Estaba impaciente por emprender la marcha, y se recreaba dándole vueltas a lo que Ramón les había contado. Sentía también cierto interés morboso acerca de porqué el pueblo había sido deshabitado el último mes. Posiblemente la culpa la tendrían alguna multinacional con intención de deforestar la zona. O quizás los pocos habitantes —alrededor de la veintena— habían decidido emigrar a otro lugar con la intención de mejorar su calidad de vida.

Al llegar al salón, echó un vistazo a través de una ventana. Sin duda le parecía que hacía un día espléndido. Ya podía entrever cómo la luz del día emergía de entre los edificios, adueñándose de un cielo despejado. Kenji le regaló una sonrisa a la mirada perdida de Vesper, que acaba de entrar en la estancia. Ella sonrió a duras penas, ya que no quería que sus malos augurios deprimiesen a su cónyuge, y junto a él, desayunó.

El resto de la mañana pasó relativamente despacio. Las sinuosas carreteras por las que tuvieron que circular no facilitaron el viaje en absoluto. Cada ventanilla era un mundo; cada milla un pensamiento; cada horizonte una daga en el corazón para Vesper y una ilusión para Kenji.

Ambos repasaron, desde prismas distintos, los diferentes acontecimientos que les habían llevado hasta aquel recóndito lugar. «Si nunca me hubiese incitado a ir a aquella feria de arte…», decía él. «¡Ojalá no hubiésemos salido de casa como él me pedía aquel día!», se lamentaba ella. Y entre esos paralelismos tan lejanos, el camino se anduvo rápidamente. Para cuando llegaron se había desatado una fuerte tormenta. Vesper vio que su contacto ya les estaba esperando.

—¡Kenji! —dijo mientras ayudaba a su socio a salir del todoterreno— ¡Amigo mío, cuánto tiempo! —Vesper salió del coche— ¡Vesper! —gritó mientras se quitaba las gafas de sol para verla mejor— ¡También me alegro de verla! —La mujer pareció no reparar en él— ¡No nos veíamos desde la feria de Maastrich!
—Ramón, ¿qué tal está? ¿La familia bien? —El marchante le tendió la mano.
— ¡Mi mujer está esperando un niño! —Por alguna razón aquel hombre hablaba a gritos, lo que llegaba a resultar irritante. Tras estrecharse las manos, volvió a ponerse las gafas de sol.
—Muchísimas felicidades Ramón, me alegro mucho.
Vesper paseaba por los alrededores imbuida por una sensación de soledad. Pudo observar, a unos cien metros, los restos de un pueblo.
—¿Qué es eso? —Preguntó.

Aquel lugar estaba totalmente vacío, pero los objetos cotidianos seguían en su lugar. O la gente que vivía ahí se esfumó, o se fueron tan deprisa que no cogieron ni lo imprescindible.

—A donde hay que ir. —Respondió Ramón.
— ¿Entonces ese es el pueblo? —Kenji se mostró sorprendido. Su socio asintió.
—Así es. Quería que lo vieran para que a la hora de venderla pudiesen contar la historia con más… sentimiento. Ya me entiende. Una buena historia puede hacer que el producto sea más atractivo. —Rió.
—¿Dónde lo tiene?
—Lo he colocado donde lo encontré.
Los tres caminaron entre las cabañas. Kenji iba ojeando cada rincón en busca de alguna que otra cosa de valor: Un colgante, otra escultura… Lo que fuera, pero no había nada. Le habría gustado sacarle el máximo partido al viaje.

La tormenta se sentía con más fuerza. Tras lo que para Vesper fueron unos interminables minutos, llegaron a una cabaña ligeramente mayor que las otras. Tenía animales muertos colgando en el exterior y un par de estacas a ambos lados de la entrada. La punta estaba carbonizada, por lo que se podía deducir que se trataba de antorchas decorativas. Al entrar, el panorama era más tétrico. Más animales muertos colgando del techo, calaveras humanas amontonadas por doquier, sangre seca… Aquel lugar que parecía sacado de una pesadilla había cautivado atrozmente a la joven.

—Madre mía… —susurró Kenji estremecido— Vesper… —Tras buscar a su mujer con la mirada, la encontró imbuída en aquel sitio, escudriñando boquiabierta cada sombra— Vesper… —Le dio un golpecito en el hombro, haciendo que se sobresaltara— ¿Estás bien? —Ella asintió— ¿Crees que es buena idea llevarnos el ídolo?

En el centro se encontraba la estatuilla. Representaba a un ser antropomorfo en posición fetal. Tenía la cabeza de algo parecido a un pulpo o calamar, y alas de murciélago a la espalda.

— ¿Por qué lo preguntas? —La joven se fijó entonces en la escultura de arcilla y quedó totalmente hechizada. Había algo macabro y demoníaco en esa representación. Podía sentir cómo aquel horrible ídolo le llamaba por su nombre, cómo le atraía hacia él, cómo le inculcaba la locura que residía en su interior. Kenji le estaba explicando que no veía bien llevarse algo que se encontraba en un lugar que a todas luces tenía que estar maldito, pero ella no le escuchaba.

Vesper…
Esa estatua le llamaba…
Vesper…
Se asustaba.
Vesper…

El ídolo gritaba y se retorcía. Extendía sus garras para atraparla en el vacío.
La voz de Kenji inundó su mente.

«Cállate, cállate, cállate», cavilaba. Su marido le estaba interrumpiendo ese momento. Quería sentir con más fuerza el poder que albergaba aquella estatuilla, quería poder sumergirse en la locura que desprendía y bailar estremecedoras danzas al son de esa atractiva maldad.

—Vesper, ¿nos lo llevamos? —Y sin despegar la mirada de aquel ser antropomorfo, sin parpadear siquiera, Vesper asintió.
—Lo quiero.

3. El ángel del infierno

El reconfortante sonido del avión en pleno vuelo no parecía sacar a Vesper de sus pensamientos. No podía olvidar la visión tétrica de aquel pueblo, no podía olvidar las sensaciones que le invadieron cuando pudo contemplar el ídolo. Y sobre todo, no soportaba la idea de tener que deshacerse de él como pretendía Kenji.

Una y otra vez intentaba imaginar qué había sucedido ahí, con esos habitantes. Sin duda habían sido capaces de dominar toda la furia contenida en esa sencilla figura. Pero ella sabía que podía hacerlo. Sabía que podría dominarlo todo gracias a toda su magia.

—Creo que la figura quedará bien en el salón. Junto con las marionetas indonesias. —Dijo.
—¿Qué? ¿Por qué? —Kenji se sorprendió— ¿No íbamos a venderlas? Además, no tienen nada en común con las marionetas indonesias, ¿por qué quieres ponerlo con ellas? —Vesper se sintió decepcionada.
—La luminosidad en esa zona del salón es perfecta para algo así. Creo que resaltará su faceta más siniestra. —respondió mirando a través de la ventanilla.
—No quiero tener algo así en casa, Vesper. —Una azafata se acercó con la cena— Esa figura es extraña, y cada vez estoy más seguro de que no deberíamos haberlo traído con nosotros.
—Tonterías. Ha sido un viaje muy fructífero. —Miró a la auxiliar— Gracias. —Cortó el bistec, y un olor nauseabundo se escapó de la cena— Perdone —dijo tapándose la nariz—, ¿es que no ve que esto está más que pasado? —Kenji se sorprendió. El plato de Vesper estaba perfecto.
—Cariño, la carne está bien. Mira, mi trozo es como el tuyo y está en su punto. —La mujer puso cara de asco.
— ¡Pero si está como el mío! ¿Cómo puedes comerte esa bazofia? —La azafata no sabía cómo reaccionar.
—Si quieren puedo traerles otra cosa.
—¿Tiene algo de pescado? —Preguntó Vesper.
—Sí.
—Entonces, ¿quieres quedártela? —Preguntó Kenji una vez se hubo ido la auxiliar de vuelo con la carne. Vesper asintió.
—No sé por qué te afecta tanto que quiera quedármela.
—Y yo no sé por qué quieres quedártela con tanto ímpetu.
—Tiene algo, Kenji. Esa estatuilla tiene algo especial, y lo sabes. Y ese algo que a ti te da miedo, a mí me fascina. Me hipnotiza. Y si no te gusta lo siento por ti, porque se va a quedar en casa.
—Antes de salir a Brasil, hablé con Hideo. —Vesper no parecía saber quién era— El director en Japón de Lupus Technologies. Quiere la figura y ha ofrecido una buena cantidad de dinero.
—Vas a vendérsela…
—Sí, por supuesto. La semana que viene.

No podía creer lo que oía. No podía creer que su marido quisiera alejarla de aquel tesoro que había encontrado. Él tenía que hacerla feliz, no arrebatarle todo lo que deseaba. La cabeza empezó a darle vueltas, ¿qué debía hacer? ¿Separarse? ¿Abandonarle? ¿Guardar la estatuilla por la fuerza? Vesper miró a su esposo.

—No te preocupes —dijo este sonriendo—, con lo que ganemos te puedo comprar algo más bonito, ¿quieres? —Pero ella no dijo nada. Se mantuvo en silencio, pensando, alimentando su ira.

Le odiaba.

¿Cómo podía vender algo que para ella era tan importante? Estaba claro que solo lo veía como una simple baratija. Pero para ella, esa «baratija» era algo más. Podía sentir su fuerza, su locura. Y ese frenesí imposible le hacía sentir completa. Le hacía sentir como nada antes había conseguido que se sintiera. Y pasaría por encima de todo lo que fuese necesario para conservarlo.

Los siguientes cuatro días pasaron con tensión en el matrimonio. El odio de Vesper se fue incrementando, y su obsesión también. Apenas había comido desde que aterrizaron, no había saildo de casa y pasaba las horas sentada en el suelo del salón, agarrándose las piernas y mirando con rostro adulador a su nuevo dios. Kenji entró por la puerta de casa cuando el sol se ponía. No dijo nada, estaba mentalmente bloqueado. Su amor, su esposa, había perdido la cordura tan rápidamente que no había tenido tiempo de asimilarlo. No quería ser consciente aún de la desgracia.

—Cariño… —Dijo desde el umbral.
—Maldita… —Oía ella.
—Déjame.
—Llevas ahí plantada toda la semana. —Se acercó y le tendió la mano— Anda, ven… Date una ducha. —Vesper se alejó con rencor.
—Él no quiere ningún bien… Mátalo…
—¡He dicho que me dejes! —Su esposo siguió tendiéndole la mano insistente.
—Mírale… Se cree superior a ti… ¿Quién se cree?
—Si quieres que nos la quedemos, ve a darte una ducha, arréglate. Y hablamos, ¿quieres?
—Miente… Mátalo…

En ese momento, la muchacha se levantó y empujó a su marido con tan mala suerte que tropezó. Solo se oía el péndulo del reloj victoriano. Vesper se quedó inmóvil, jadeante delante de su marido. Unas suaves y clásicas campanadas anunciaron la medianoche. Con lo puesto salió a la calle dispuesta a poner punto final a la historia.

Había oído rumores sobre una muchacha. Una joven, enviada de Enma, que mataría a Kenji por ella. El precio era su alma, o eso decían. Las versiones cambiaban totalmente según quién lo contase. Los relatos más radicales apuntaban a que ambas almas eran arrastradas al infierno, otras que sesgaba las vidas de la víctima y de quien hacía el pacto dejando a Dios el Juicio. El frío le helaba el aliento y nada más. Y en esa frialdad comenzó a pasear cerca de la calzada. No había nadie en las calles, solo una niebla espesísima que lo cubría todo y cegaba a diez metros.

—Vuelve… —Oía— Acaba el trabajo…
—No. Yo no puedo. Lo sabrán.
—Llámalo… Llama al ángel de la muerte.
—Me pedirá el alma a cambio.
—Tu alma me pertenece. Yo la protegeré. Podrás engañarlo.

Vesper cerró los ojos y se detuvo. Los árboles se estremecieron al notar su llegada. El fuerte viento también alteró a la chica. Entonces todo se sumió en el mayor de los silencios. De nuevo estaba ella sola en aquella calígine.

—Detrás de ti, Vesper.

Se giró. Unos faros se vislumbraban en la lejanía. El silencioso motor sonaba más cerca hasta que finalmente apareció el vehículo: Un enorme Hoffart marrón con una franja blanca en los laterales atravesando el coche de parte a parte. En ese espacio había una elaboradísima decoración japonesa con estilo del periodo Edo que representaba escenas cotidianas. Pudo reparar en la matrícula. No era una matrícula japonesa corriente. Solo tenía un kanji, el de la muerte: 死.

La ventanilla del pasajero se bajó. Pudo ver a una chica joven, de semblante terriblemente triste y los ojos irritados por haber pasado incontables horas llorando. Llevaba un kimono totalmente negro, conocido como mofuku.

—Me has llamado. —Dijo.
—¿Eres la enviada de Enma? —preguntó Vesper. La misteriosa mujer asintió. En ningún momento buscaba contacto visual. Tenía la mirada perdida— ¡Quiero que acabes con mi marido! ¡Él solo busca su propio beneficio! ¡Él solo quiere más fortuna, sin importarle mis sentimientos! ¡No le interesa lo que yo pueda sentir! —El ángel del infierno cerró los ojos y un camino de lágrimas se marcó en sus mejillas— ¡Quiero esa figura y nada ni nadie me la podrá arrebatar! ¡Quiero esa estatuilla más que a nada! —Vesper miró fijamente a la enviada, jadeante de rabia— ¡Vamos! ¡A qué esperas! ¡Mándalo al infierno de una vez!

La muchacha de luto abrió los ojos, y sin mirar fuera del coche susurró «Está hecho…» Y el Hoffart arrancó desapareciendo tal y como había aparecido. El chófer miró por el retrovisor a su pasajero.

—Elena… Ánimo.
—Me queda tanto, Marcus… Tanto dolor por soportar…
—Siempre tan melancólica… Ojalá Él me dejase compartir tu dolor.
—No te preocupes. Por lo menos el mío tendrá fin. El de esta chica durará toda la eternidad.

Kenji se despertó del golpe y miró a su alrededor. Las dos de la mañana. Ni rastro de su esposa en toda la casa, ni en el descansillo, ni en las cercanías del edificio. Al volver al salón, tras buscar durante una hora, reparó en el ídolo. Aquel maldito ídolo había desatado la locura en su amada mujer. Sin dudarlo dos veces, lo puso en un cuenco de piedra, lo mojó en alcohol y le prendió fuego. Después, con el chisporroteo de fondo, llamó a la policía para denunciar que últimamente Vesper había estado mentalmente inestable, y que se había ido horas atrás, dejándolo inconsciente. En cualquier momento llegaría una patrulla a tomar los datos e investigar.

—Estás vivo. —Kenji se giró. La muchacha miró al ídolo ardiente y sonrió— Solo prende el alcohol. La arcilla ni siquiera se derrite.
—¡Vesper! ¿Dónde estabas? -No pudo contener las lágrimas al ver el semblante frío de quien una vez le quiso —¿Qué te ha pasado?

La policía llamó al portero automático. Nadie contestaba. Una llamada de la central acababa de denunciar gritos en el apartamento. Los coches patrulla y unas ambulancias se agruparon en la entrada. Los vecinos trataban de mirar el interior de una casa que apestaba a azufre. Dos cuerpos yacían sin vida en el suelo del salón. Una figura monstruosa, hecha de arcilla se alzaba intacta en un cuenco chamuscado. Un clavo industrial oxidado, que atravesaba el corazón de Vesper, sostenía una nota. Una nota que los policías ya habían visto anteriormente.

Pacta sunt servanda.
(De lo pactado somos esclavos)

4. Epílogo

Las colegialas no salían de su asombro. Haru estaba fascinada, con el malestar que deja detrás de sí una narración tan macabra. Akari estaba estupefacta: ¿Cómo podía nadie creer semejante historia? Aún así le había picado el gusanillo de la curiosidad y se pondría a investigar en casa. Shinju se levantó:

—Bueno, ¿qué os parece si nos vamos de compras o algo?
— ¿Cómo puedes estar como si nada? —Espetó Haru.
—Solo son historias… —Dijo Akari.

Empezó entonces una pequeña discusión acerca de la veracidad de la historia, que fue subiendo de tono. Caminaron a través de las concurridas calles del centro, imbuídas por la atmósfera tétrica que había levantado Shinju en el césped, hasta que un hombre elegante se acercó y las interrumpió.

—Señoritas, disculpadme pero no he podido evitar escuchar su discusión. —Al percatarse de que estaban montando un espectáculo ambulante, se disculparon al unísono— No, no os disculpéis que no pasa nada. Pero no deberíais hablar de esa muchacha, la enviada de Enma.
—¿Por qué? —Preguntó Haru.
—Siempre hay alguien que puede acabar creyendo en ella. Y quizás, llevado por el mito se atreva a cometer alguna locura —hizo una pausa—, como intentar contactar con ella y traer la desgracia. —Miró a Haru— Tomad estas entradas para el cine. El pase es para después de comer. Distraeros, pasadlo bien y no creáis en las historias de fantasmas.
—¿Quién es usted? —Fue Akari quien habló.
—Alguien que sabe el sufrimiento que puede traer acudir a la persona equivocada. No os molesto más, señoritas. Buenos días.

Entonces, ante el estupor de las tres chicas, el hombre pasó entre ellas y se subió a un coche. Un coche grande, elegante y de color marrón, con una franja blanca que lo atravesaba de lado a lado. Arrancó con un suave ronroneo y desapareció entre el tráfico.